jueves, septiembre 30, 2010

miércoles, septiembre 29, 2010

Amante

Recordando lo que era tenerte rebotanto en mi interior, intentando salir como si convulsionaras en mi piel... recordando como te llevaba a la garganta con unas ganas impresionantes de escucharte flotar en el aire... recordando como salías por mi boca, y me llenabas de alegría. Me puse a recordar, amante tronadora, que te tengo siempre y que te voy arrojar sin piedad por el mundo...

Como si me amaras, como si fueras alguien, me acariciás la cara con ternura. Me ayudas en el desahogo, vomitando flores o rayos. Haciendome escuchar en el espacio, frente a espectadores de piedra. Amarrándome la nuca y tirando hasta vencer mi escasa resistencia. Ya no te voy a dirigir, corre por donde quieras. Como el viento, haceme cosquillas en el cuerpo, que tu pelo me de su perfume generosamente. Moldeame a tu forma, que no soy quien para decirte que hacer. Si, amante tronadora, perdón. Te fallé. Ya mis sentidos se rinden con placer. Llevame hasta el techo del mundo, recorré conmigo los interminables posibles. Yo solo confío en tu escencia.

Me arrodillo, amante tronadora. Amante eterna, amante de mis sueños. Mi amante. Mi voz.

domingo, septiembre 19, 2010

Algo que escribí cuando te tenía en silencio



Perdido en una caricia de ensueño. El silencio me dice mentiras sobre vos. Y miente tan dulce. Con el estómago lleno y el pecho vacío, te escucho otra vez hablando de música. De los futuros proyectos en los cuales estoy sentado, mirando con los ojos cerrados. Porque, es verdad, ya no estoy seguro de querer verte. Es muy dificil mentirte en la cara. Para mi siempre lo fue.
Pateado en el sentimiento por una película excelente. Riendome por las cosquillas de mis amigos. Y llorando en delirios.
Los posibles escenarios son hermosamente tristes, solo por no ser parte de la realidad. Sonrío para mis adentros y se me escapa la felicidad del cuento por la boca. Siempre pasa.
La lluvia se ríe conmigo. Pero ella se ríe de la ironía. A veces es como yo. Por eso me hace feliz. Porque moja los días que últimamente son idénticos, de no ser por un budín exquisito o un departamento nuevo cerca del río.
Estas noches fueron de cortometraje. Una latita de coca para bajar una saliva ajena. Para sacarme el recuerdo. Sigue ahí, como si hubiesen pasado años, pero sigue ahí. Vos parecés ahora un extraño, en tus cosas, muy ocupado. Siento como si te conociera recién hoy. Los dos verdes son ahora grises. Y se escuchan en ecos.
Me duelen las distracciones. Los besos sin sabor. Las caricias falsas. Y los pies fríos de otro rozando los mios, en una cama demasiado chica. Todo tan humanamente patético.
No despierto en mi cama. Y lo que más me molesta es que mi almohada es la única que no me provoca dolores en el cuello.
Las imágenes vuelven a rozar mis ojos cansados. Es increíble como todavía me quedan fuerzas para imaginarte queriéndome. Riéndote de mi risa. De mi extraña forma de reír. De reírme de vos. Conmigo.
No me hace falta llorar. A veces el dolor no se transmite de la manera acostumbrada. Estoy aprendiendo a ser mas transparente y a decir las cosas con los ojos. Lo cual me fastidia.
Hoy casi te digo que te quiero. Con los ojos abiertos. Sentado en la alfombra. Con el estómago lleno, el pecho vacío. Hoy casi te quiero.

jueves, septiembre 09, 2010

Jirones de hermanos

Bailando sus pupilas entre las cenizas. Corriendo las lágrimas con la manga. Mirándose desde el amanecer del dolor. Claros, tan puros como en pocos momentos. Apiadándose entre ellos. En círculo, prometiendo cuidarse por siempre.
El cristal se fue en los sueños. Se destrozó con la perversión.
Ellas ultrajadas. Él humillado. Llorándose los tres.
Con las voces del cielo. Cantando fúnebres. Horrible.
Los mechones en el piso. Los moretones en las piernas. Las calzadas en la cabeza. El camino se desdibuja con cada carcajada, hasta llegar al punto de dar pasos a ciegas. Deseando no caer. Buscándose en el trayecto.
¿Y el amor? A dios se le olvido. Él ve demasiada televisión también. La esperanza muere al instante, para renacer en las manos entrelazadas. No creen en la esperanza. Creen en ellos mismos. Miran en derredor con ojos de espejo. Pero la insensibilidad no es su fuerte, entonces vuelven a apostar.
Juntos, separados. Pero siempre juntos. Caminan ahora con los pàrpados fruncidos. Pero con una seguridad envidiable. Con el dolor pesándole en los huesos. Con todos los clavos que el carpintero incrusta. Con todo el veneno chorreándose en la espalda. Caminando juntos.
Nace el amor, pero no el de las películas. Ni el de la realidad. Simplemente el amor.
Ése que no necesita renovarse con cartas o flores. Ése que no es fugaz. Ése que no aburre.
Los abrazos son cada vez más fuertes. Las risas cada vez más graciosas. Los besos cada vez más sinceros. El amor, cada vez más amor. El amor que pocos van a poder sentir. La divinidad terrenal que tan pocos miran. Hermosa y cálida, como tan pocas cosas.

Personajes de este mundo

Como de aluminio. Como el titáneo.
Como los histéricos pendeviiejos.
Tan frío que no sabe que hacer cuando llega el verano.
Ríe del humor impuesto, no busca el suyo.
Se llama como le dicen, no como es.
Como el actor que no sabe actuar.
Como el mitómano que no estudió.
De vez en cuando se considera moderno.
Utilizando palabras que no conoce.
Discutiendo temas de los que no entiende.
Saca la sabiduría de las vivencias pobres.
Habla con sabiduría pobre.
Con las manos cayosas, como su comprensión.
Con los ojos direccionados, como el caballo que montaba.
Como un especialista de la moral, como un buen sordo.
Con un oido podrido. Con los dientes postizos.
Con la sonrisa insoportable. Chirriantemente ideológica.
El producto de la TV. De las películas de acción.
Exigiendo al mundo golpes de valientes. O golpes.
Recibiendo golpes de la vida. Y curandose con yuyos.
Mirando a su madre, en vez de a sus hijos.
Bajo la pollera, y bajo las polleras.
Tapándose el corazón con envoltorios de caramelo.
Cansado de jugar. Y jugando hasta el final.

jueves, agosto 12, 2010

Esquizofrenia



Estos son los momentos en los cuales la gente sabe de mis pérdidas sin conocer mi nombre.
Estos son los momentos en los cuales escucho gritos paralizantes desde el baño.
Estos son los momentos en los cuales las bestias me tiran al mar.
Estos son los momentos en los cuales ser ciclotímico es un sueño gratificante.
Estos son los momentos en los cuales mas me parezco a mi madre.
Estos son los momentos en los cuales mi mente juega a dar una vuelta por la realidad.
Estos son los momentos en los cuales ya no siento tus caricias.
Estos son los momentos en los cuales es mejor acurrucarse y no hablar.
Estos son los momentos en los cuales veo la cotidianeidad con ojos verdes.
Estos son los momentos en los cuales la religión solo te salva a vos.
En estos momentos ni ese lugar maravilloso me salva de las raíces escabrosas y de las lágrimas calientes.

domingo, agosto 01, 2010

Hijo de Neptuno



Entonces comprendió que los hombres no regresarían. En el medio del infierno flotando, lloraba. Lloraba como si tuviera hambre, como si pidieran que lo alzaran o que lo cambiasen. No lograba entender que nada volvería a ser lo mismo. Pronto dejaría el aire. La tripulación corría frenéticamente sin rumbo aparente. Los gritos eran necesarios en el viento, pero pronto dejaría el aire. Los truenos hablaban mal de sus padres y las tormentosas nubes negras amenazaban con secuestrarlo. Pero pronto estaría de espaldas al cielo.
El piso de madera se movía cada vez más fuerte, haciendo una burla de su placer por sentirse mecido en la cuna. Pero pronto no tendría cuna. El mar lo mecería eternamente.
Después de varios golpes todo se volvió frío y nebuloso. Un extraño sueño se apoderó de su mente y dejó el mundo real por esa noche. Los gritos cesaron al instante.
Al despertar, no divisó aromas, no respiraba. Simplemente miraba las profundidades, con el torso doblado en el agua y el sol tras él. La piel blanca en contraste con el agua celeste. El pelo flotando y sus manos jugando. Una sonrisa apareció y él respondió de la misma manera. Nada lo hacía más feliz que su verdadero hogar.

Mar de sonrisas.


En un mar de sonrisas burlonas, descaradas, y sin sentido. Me miraban ignorando mis lágrimas. Hijas de la diosa de la crueldad, disfrutaban de mi desesperado tormento.
Piruetas impecables me rodeaban. Colores de llamativos absurdos parodiaban mi aura. Se cruzaban en mi camino impidiéndome avanzar. Se reían otra vez de mi, todos juntos, en esa danza cirquera y oscura.
Solo ellos se vislumbraban en el escenario. Sus trajes ajustados funcionaban como segunda piel, de un blanco cadavérico. El maquillaje no existía, ellos no eran personas, ni personajes. El rol no era fingir. El canto de sus corrompidas almas era melodioso y golpeaba mi voluntad con descaro. Me escupían su regocijo. No eran graciosos. La cabellera roja era fuego en mi mente. Sus juegos infantiles eran mi ruleta rusa.
Sin comprender el acto, buscaba el porqué. Estimulaba mis manos para poder seguir, pero la escarcha del circo era fría. Los gritos colectivos de siempre que guardaba consigo la gran jaula de lona, retumbaban ahora en mis oídos. Era el único que lloraba. Era el único que veía la tristeza en las formas divertidas. Era el único que sufría en ese mar de sonrisas.

Submarino



Desde hacía mucho tiempo soñaba con estar ahí. Escuchar el silencio del mundo marino, respirar el escaso y quieto aire de su gavina, la denominada sala de control, y poder sentir las inmensas masas de agua salada sobre él con cada parte de su sensible piel. El cosquilleo efecto de los nervios le agradaba. Era el comandante de la flota de submarinos y se sentía muy feliz por ello, a pesar de estar en plena guerra.
Ese verano había prometido a su esposa que volvería. “Son solo rutinas de práctica” aseguró con mirada tierna y un beso cálido. Pero le era fácil mentir. Sabía muy bien que se estaban adentrando en terreno enemigo, y que muy pronto sus órdenes serían obedecidas por todos al pie de la letra. Eso lo ponía mas contento aún. Su carácter era rígido y sanguinario, su mirada hosca y ceñuda, y su mente escéptica y cerrada. Sus profundos ojos negros lo supervisaban todo. No se le escapaba ningún detalle. Más de una vez provocaba la desesperación de marinos de menor rango, y hasta de mayor también.
Observó todos los indicadores e innumerables relojes con vacilantes agujas, luego poso su cabeza en el periscopio y vigiló cada ángulo posible para asegurarse de que estaba todo en orden y de que los radares no fallaran, para terminar con su atención dirigida al subcomandante. Este último desbordaba en concentración. Sus labios fruncidos y su mirada preocupada detonaron otra oleada de cosquilleos por parte del comandante.
- ¿Se encuentra todo en orden? – la voz del comandante era fría, nadie arruinaría ese día.
- Si, comandante. Es que… - sus ojos no se desviaban del tablero donde se encontraba el radar y su voz vacilaba - Es que… Véalo usted mismo.- se limitó a decir con una mirada marcada por la extrañes y un gesto con los hombros.
- ¡Imbécil! ¿Es que no puedes hacer nada solo?- El comandante camino con paso seguro hasta el tablero donde estaba el radar. Era un enorme círculo oscuro, con una especie de aguja brillante de color verde que giraba rápidamente, como un reloj sin números y sin las agujas de las horas y los minutos. Pero además de esta verdosa aguja se veían pequeños puntos, por todo el negro radar. Eran como luciérnagas que giraban, volaban en espirales y zigzagueaban en la pantalla cada vez que esta aguja fosforescente los pasaba por arriba.
- ¿Serán tiburones?- La voz del comandante ya no era imperativa. Un dejo de curiosidad –y alivio ya que no representaba ninguna amenaza- dejaba apreciar el tono.
- Son muy rápidos para serlo, podrían ser delfines, pero no es el comportamiento típico de ellos. Estas criaturas están como locas.- dijo esto último con desesperación.
- Tranquilo.- ya los insultos no formaban parte de su intimidante vocabulario- Esperemos a ver que diablos son. No creo que nos compliquen la operación…
Pero el comandante no había terminado de completar la frase cuando un rayo de luz dorado lo cegó y a su compañero. Un estruendo demasiado fuerte sacudió al submarino y se oyó como el casco de éste se desgarraba en un aullido metálico. El comandante cayó al suelo y su acompañante, que se encontraba sentado, se sostuvo del tablero a duras penas para luego mirar otra vez al radar con la locura y el miedo aprovechándose de su transparencia.
- ¡Se acercan! ¡Seguro son esas cosas! Al menos si supiera que son podría lanzarle los torpedos. Pero no se si surtirían efecto. Son demasiado rápidos.- El subcomandante había llegado a su límite. No se caracterizaba por llevar la calma. Sus ojos se abrían y cerraban a la velocidad de los hechos y sus pensamientos parecían chocarse entre sí en una carrera veloz.
- Deja de gritar como una mujer que le han sacado a su hijo. No es tiempo de lloriqueos.- Después de levantarse del piso se limitó a quedarse parado. No sabía que hacer. Se notaba en sus ojos.- Comunícate con torreta y con la sala de máquinas. Evalúa los daños.
- Es imposible, no funciona nada en absoluto. Solo el radar.- sus manos se movían para todos lados intentando hacer funcionar todos los relojes e interruptores que ahora se encontraban apagados.
El comandante se volvió a la puerta que separaba a la sala de control con la sala de torpedos. Puso sus manos sobre la manivela de la puerta e intentó girarla, pero por más que se esforzaba sus intentos eran vanos.
-¿Es posible que se haya trabado? ¡Mierda!- y golpeó a la puerta con su pie, provocando un profundo gong que resonó en todas las cámaras del submarino.
De repente otra sacudida acompañada de un estruendo más fuerte que el anterior arrancó gritos del desesperado subcomandante. Ya los excesivos cosquilleos que recorrían su espalda no eran agradables. Todo se volvió opresivo. Su cuerpo no resistía la presión de las inmensas masas de agua. Se sentía atrapado. No tenía salida. Iba a morir ahogado.
Unos ruidos extraños comenzaron a sonar por todos lados. Como si el submarino estuviera vivo y se contorsionara por alguna molestia. El subcomandante no gritaba más. Parecía desmayado en su asiento, pero no prestaba atención a eso. Se dirigió con los nervios brotándole en la piel al periscopio y poso su mirada con temor a lo que podría descubrir. Su imaginación no le jugaba una buena pasada y llenaba su cabeza de naves enemigas rodeando las suyas.
Después de espiar por el visor, su mente quedó en letargo, incapaz de comprender las imágenes de lo profundo. Un azul verdoso intenso rodeaba su universo submarino y extrañas personas nadaban en derredor de la nave. Sus cabellos color leche ondeaban en el agua como peligrosas medusas en una danza sin fin. Sus ojos negros y redondos como platos los miraban a él como si supieran que los estaba observando. Sus cuerpos tornasolados y majestuosos se movían con la gracia de un pez, y sus colas irisadas y verdosas brillaban en la retina de sus ojos.

De piedra



No era un lugar al cual la mayoría de los jóvenes concurriesen. Por esa misma razón él estaba ahí. Era un amante de la decoración greca, sobre todo las estatuas. Esa imagen de calma que transmitían guerreros, dioses y criaturas, aunque fuesen guerreros temidos, dioses vengativos y criaturas de lo más escalofriantes. Después de todo eran mármol. Frías representaciones de hermosas historias. Deseaba con todo el corazón algún día pudiera revivirlas, con un poco de suerte ellas contarían mejores historias que los libros.
Pero no se encontraba en un museo, no era que no le gustasen, sino que su estatua favorita no estaba allí. Un parque muy importante de su ciudad estaba esplendorosamente decorado con un monumento de estatuas oscuras que revivían los valientes héroes mitológicos. Fornidos y con expresiones vacías se encontraban en un montículo de piedra de considerables dimensiones. Los avatares de piedra se disponían de tal forma rodeando una calma fuente de agua, por sobre unos veinte metros desde el piso. Mirando sin ojos, pero con tanta vida que el muchacho podía confundirlos con sumo placer por amigos. Las tardes escuchando el suave estrépito del agua, las risas y ladridos producían un efecto adormecedor en sus nervios.
Periódicamente se llevaba algún que otro libro para leer o estudiaba. Esa tarde estaba por mero placer. Observaba fijamente cada detalle de las estatuas, cada una de ellas tenía algo terriblemente único que los identificaba, claro está para quien conocía su historia.
Una mimaba a una paloma en su mano, con toda la sensualidad que se consideraba tendría que poseer la diosa de la sexualidad femenina; otra sostenía contra sus pies un escudo y posaba sobre su hombro una lechuza, con mirada serena; uno sostenía un rayo en mano, con actitud amenazadora y justiciera; otro con un tridente en pose dinámica y con olas en vez de piernas; uno con casco siniestro y ojos de resentimiento. Pero había dos más. Dos que no correspondían al círculo. Híbridos valientes que gracias a sus proezas habían quedado en los relatos más famosos. Eran Héroes. Cabeza de León y Talón Frágil. Ambos eran musculosos, vestidos de batalla y marcados por contrincantes. Ellos eran sus favoritos, por ende siempre que descansaba allí, sentado entre esas dos estatuas. Esa tarde el ocaso era de cuento. Los dorados y los liláceos volaban como polvo en viento, pintando magníficamente todo lo que veía. El sol, como una ascua a punto de apagarse, miraba de soslayo el mundo, para muy pronto volverse a encontrar. Era el adiós perfecto. Observando la maravilla que se le ofrecía, se dejó llevar por la calma. Como todos a veces hacemos. Escuchando sonidos oceánicos fue perdiendo la conciencia lentamente. Y se entregó al sueño.

Despertó cuando la sombra se personificaba para acariciar espaldas por diversión. El frío le entumeció los dedos. Ya era de noche, nadie lo había despertado. Obviamente que no. Sintió miedo, el ambiente tenía un tinte hostil. Los negros, los azules oscuros hacían de todo algo escabroso. El hermoso lugar donde disfrutaba pasar el tiempo ya no era el mismo… Las estatuas no fueron desprovistas de esa vida que tanto admiraba. En realidad ese era el problema. Las estatuas parecían vivas. La estática de roca era objeto de burla. Se levantó rápidamente del suelo, recogió sus cosas y alejó a los fantasmas. El agua de la fuente era gélida, sin los destellos del sol, no era muy agradable a la vista. Se detuvo un momento para verlos. Inmutables en su postura no respondieron a sus ojos. Pero el del casco parecía sonreír, con una malicia que le hizo temblar los huesos. Se despidió con un escalofrío en la nuca, y los pasos un poco apresurados. Había soñado que caía empujado por unas manos terriblemente fuertes.

Después de unos días, los cuales consistieron en recordar que las estatuas no sonríen, decidió volver. Era de tontos asustarse de esa manera. Más para un chico de su edad. Ese día estaba hermoso, la gente había aprovechado y se encontraban jugando, enamorando, comiendo y gritando. El sol estaba radiante como siempre, prometiendo un ocaso como los anteriores, o mejor. El cielo presagiaba sin pensar, con nubes en jirones de algodón como una mano celestial que intentaba advertir. Pero parecían solo maquinaciones de gitanos. Sentado en la fuente leía, y a veces dirigía la mirada disimuladamente para los lados. Los anteojos eran escudos para el. No lo protegían de nada, pero a él le gustaba imaginarse que sí. La cortina de pelos cubría su estudioso escrutinio para que nunca lo descubriesen. Era un estúpido cobarde. La vida pasaba frente a él, y se limitaba a leer vidas pasadas, vivir vidas pasadas. Su mente llena de fantasías patéticas era su refugio ante la cruel realidad. Era cierto que no sabía relacionarse con personas, pero tampoco quería aprender. Solo estaba mejor que acompañado. Los libros eran mejores compañía que los humanos. Ni hablar de las estat… Y ahí recordó la sonrisa helada de la otra noche. Ese escepticismo, tan pequeño en él, en algún lugar de ese circo que tenía por conciencia, se revolcó dando sonoras carcajadas. Tan sonoras que salieron por su boca. Las estatuas no sonríen, se dijo, riéndose de si mismo, y pensando que también la imaginación era un arma de doble filo. Puedes imaginar caballos blancos y mansos, pero también serpientes negras y ponzoñosas.
El atardecer entraba en escena, los gritos se sofocaban, como en muestra de respeto y de admiración. Los dorados y los liláceos lo seguían, obsesionados por tocar todo el escenario. Se colocó entre los héroes, apoyando la espalda en uno, mirando el espectáculo. Después de unos cuantos minutos, la pesadumbre se apoderaba de su cuerpo. Resistirse a esa paz del sueño era imposible, con la calidez del sol en la cara, el aire dulce rozando sus cabellos. Comenzó a ver nubosidades, confusiones, como cruzando esa línea tan familiar. Hasta que todo se hizo irónicamente claro. No se había movido de su posición, seguía mirando el poniente con los párpados pesados. ¿Se había dormido por unos minutos? El silencio vibraba en el aire, o los sonidos estaban contenidos en burbujas a punto de estallar, no lograba distinguir. La gente que veía abajo se movía lentamente, como bajo el agua. La brisa era mas dulce ahora, los dorados mas intensos y todo se sentía como una cucharada de miel. Las estatuas eran solo eso, estatuas.
Hasta que el sol finalmente se escondió. Los colores agradables y cálidos desaparecieron, siguiendo al sol a otros mundos. Ahora la noche presenciaba lo que quedaba del día, con ojos expectantes. No había estrellas, solo una escalofriante luna que iluminaba donde se encontraba de una manera extraña. Bañando a las estatuas y a la fuente de unos destellos blancuzcos. De pronto el parque desapareció ante él. Todo lo que se encontraba abajo quedó en nubes negras. Solo estaba él en ese único lugar, observando el agua de la fuente, la cual no parecía tener sonido, y las estatuas observándolo a él. La locura parecía emerger de a poco como la marea alta, amenazando con contaminar lo poco de conciencia que creía tener. Era miedo lo que lo punzaba en todos los rincones del cuerpo. Pero era ese tipo de miedo que te hace gritar por dentro, sin poder moverte. Ese tipo de miedo que no parece ser interno, sino que ataca por la espalda y te deja como en un callejón sin salida. Por lo menos el callejón sería más agradable que esto, pensó. Y eso fue lo único que pudo pensar, porque para su desgracia, las estatuas lo miraban y sonreían. Ella había alejado a la paloma de su cara, y penetraba con su mirada seductora. Otra lo observaba con una mueca de compasión, que no pretendía defenderlo exactamente. Uno lo reducía a mísero mortal con sus ojos, y lo amenazaba con su rayo. Otro con la ira chisporroteándole en la cara podía ahogarlo en un mar de sufrimiento. El del casco lo disfrutaba, era el que ya no estaba en su lugar. Era sorprendente ver como se movía la roca de la cual estaba hecha. Los pies lentamente se acercaron a él. Los brazos se levantaron hacia él intentando alcanzarlo. Empezó a retroceder impulsado por una milagrosa fuerza. En ese momento no recordaba nada, había leído que las personas antes de morir veían en forma de cortometraje todos los momentos de su vida. ¿Era mentira o es que no había vivido lo suficientemente intenso como para recordar algo? Solo quería desaparecer, donde esa demoníaca estatua no podía verlo siquiera. Se dio la vuelta, con todo el valor acumulado que no había usado todos estos años. Miró el borde, el linde del círculo de estatuas, hacia la oscuridad. Hacia las profundidades a donde quería ser arrojado. Se paró en ese horrible precipicio, con las lágrimas frías surcándole la cara. Y esas manos lo empujaron.

Abrió los ojos con un sobresalto y se dio cuenta que colgaba en el medio de la noche. Respiró como si hubiera salido del fondo de una pileta. El vértigo hacía que su piel se volviera hipersensible al aire. Pero la desesperación dejo lugar a un pensamiento: ¿dónde se encontraba? Frente a el había roca. No había caído, se mantenía flotando apenas a unos centímetros del borde. Pero, ¿cómo? Entonces se dio cuenta que su campera estaba estirada. Seguramente se había dormido, y la pesadilla lo sobresalto de tal manera que lo hizo caer, y se enganchó por suerte con el abrigo.
Dejó largar un suspiro de alivio y logró por un momento sacarse de encima el miedo. Lentamente comenzó a elevarse, sostenido por héroes. Incrédulo, sin saber lo que sucedía, no se movía y seguía elevándose. Unas manos de piedra lo sostenían de su abrigo y lo llevaban nuevamente hacia donde había sido empujado. Tocó con sus manos el helado piso y se puso de pié, algo que creía no volvería a hacer. Y ahí estaban, ellos, sus favoritos, mirándolo con una sonrisa de piedra. No sabía si sentirse agradecido, sorprendido o asustado. Esbozó una sonrisa, respondiendo a la estatua. Cabeza de León lo tomo rodeándolo con sus brazos por la espalda. Lo trajo hacia sí y le dio un abrazo. El abrió los ojos tan grandes y a la vez tan chicos comparados con su sorpresa. Luego lo miró con esos ojos inexpresivos, le tomó la mandíbula con la gélida mano, y los fuertes dedos se hundieron en su cara, rompiéndosela.

domingo, julio 25, 2010

Adríada



Las lágrimas cubrían sus ojos en ese día tan desgraciadamente gris. No caían en sus mejillas, sino que se limitaban a formar dos hermosos e infinitos espejos de agua clara en una cara tan pálida y bonita. Estaba sentada en la parte trasera del auto mirando los enfermos árboles agonizantes, a pesar de ser primavera. Una famosa plaga había germinado a principios de la estación en la ciudad, y había infectado a la mayoría de los árboles. Nunca sintió tal conexión con la naturaleza. Cada primavera se sentía muy feliz hasta terminar el verano. Pero ese año era diferente.
- Todo va a estar bien. Seguro es como todos los años y se recupera en un santiamén.- La voz de su madre aparentaba ser tranquila pero sus ojos grises estaban inquietos y sus delicadas manos sostenían el volante nerviosamente.- Todos los años es lo mismo con tu abuela. Nos hace asustar con esas repentinas decaídas pero luego esta mejor que yo.- Pero en su interior sabía muy bien que hoy era diferente y la niña, que era su hija, también.
No dijo nada. Se limitó a mirar otra vez por la ventanilla y sentir ese dolor que acudía a su ser con cada latido, con cada brisa que movía los árboles y los hacía estremecer. Su madre nunca fue un buen conductor. No le gustaba trasladarse en auto, sino que prefería caminar. Pero esa mañana su abuela la había llamado y le informó que no se encontraba muy bien y que quería hablar.
Sintió que el auto se detenía y rápidamente se desabrochó el cinturón para abrir la puerta y detenerse frente a la casa de su abuela. No pudo evitar mirar a la planta de moras que se encontraba en la vereda. Las ramas estaban totalmente marchitas, no quedaban vestigios de hojas, y su tronco se veía tan seco que juró haber sentido algo de sed. Su madre se bajó del auto con los nervios pintados en su apariencia, tomó a la niña de la mano y tocó el tronco de la planta con una mirada extraña. La pequeña sintió un leve cosquilleo en la mano, como si estuvieran conectadas y luego acompañó a su preocupada madre a la casa.
Al entrar a la casa invadió sus sentidos el aroma a moras que acompañaban a los recuerdos de su abuela. Subieron las escaleras y doblaron a la derecha, la habitación donde se encontraba recostada. Morera estaba demasiado iluminada y las ventanas dejaban entrar al sol en su plenitud. La imagen de la anciana era pálida, más de lo normal, y su cabello también blanco le daba un aspecto marchito. Hermoso, pero marchito.
- Hija, ven aquí, mí querida.- La voz de la anciana era débil y melodiosa. Una sonrisa surcó su cara y la imagen de ellas dos hizo que sus ojos relampaguearan de felicidad.- Y tú también, pequeña.- dijo dirigiéndose a la niña. Las dos se acercaron a la cama y se sentaron en derredor de la anciana.
- Hola mamá. ¿Qué pasa ahora? ¿Te sentís bien? - preguntó la hija, dulcemente.
- Me temo que no, por eso te llamé. Sino, no hubiera tocado ese condenado teléfono.
- Podrías ir un minuto afuera, ¿Querés?- dijo dirigiéndose a la niña.
La pobre criatura asintió y comenzó a bajarse de la cama cuando su abuela la retuvo con la mano. Miró a su nieta, como si fuera la primera vez, y dijo:
- No olvides que te quiero y que siempre voy a estar a tu lado.
- Si, abuela.- Susurro la niña con un nudo en la garganta.
Salió de la habitación tan veloz como le permitieron sus piernas y fue directamente hacia la vereda de la casa.
Todo su pequeño ser estaba saturado de emociones. Un raro éxtasis hacía que le temblaran las manos. Dirigió su mirada a la planta de moras y no vio más vida. La esencia, la magia del árbol había marchitado por completo, para dejar en su lugar un cuerpo inerte, sin vida. Los llantos de su madre provenientes de la casa despejaron su confusa mente. Pero no pudieron alejar un extraño sentimiento. La niña se dirigió al patio trasero como si algo la estaría llamando a gritos, gritos más fuertes que los de su madre.
Se encontró con un jardín hermoso, exuberante, lleno de flores de innumerables colores, una fuente de agua en el centro y plantas de todo tipo, con apariencia de paraíso y atmósfera de luto. Pero su atención no estaba en las flores, su atención estaba hechizada por un pequeño árbol en el fondo del jardín. Parecía un olmo. Pero lo que no daba crédito a sus ojos era que el pequeño árbol, no se encontraba allí diez segundos antes. Recién había salido del suelo. La niña había observado como el diminuto árbol mágicamente surgió del suelo, saliendo primero un diminuto tallo e insignificantes hojas, para desarrollarse a velocidad innatural. Hojas más grandes hicieron acto de presencia en ramas cada vez más altas. Y el olmo moviéndose a la gracia de la creación, se regocijó y sacudió hasta suspirar. Y junto con el, la niña sintió cada impulso en su cuerpo con mas intensidad. Sus cabellos sintieron la brisa, sus pies pertenecieron al suelo, sus manos detectaron la humedad del ambiente, sus ojos grises como los de su familia entera percibieron la luminosa vida, su alma reconoció las dotes recibidas y su existencia fue rescrita por los antiguos. Un olmo había nacido, una doncella del bosque volvía a nacer.

sábado, julio 24, 2010

Destinos de guerra




En el aire flotaba una niebla que lo cubría todo, hasta sus esperanzas. No, no era movilizado por la esperanza, sino por algo menos fuerte pero conveniente en ese momento. Sus pies estaban congelados, las precarias botas no servían de nada en ese clima tan diferente al que estaba acostumbrado. El frío y la desolación reinaban en las islas. Los ropajes que llevaba puestos cumplían la función de no dejarlo desnudo, nada mas. El hambre ya no venía a su mente, se había cansado de insistir hace un día aproximadamente, en ese pedazo de tierra olvidada hasta los días se volvían confusos. El cielo era gris, no esperaba otra cosa. No sentía sus manos ya hace horas y el despiadado y maldito viento le abofeteaba la cara cada vez que tenía la oportunidad. “Esta guerra ya va a terminar” se decía. Estaba seguro de ello. Lo que no sabía era como iba a terminar. No era que no había pensado en su posible destino, lo meditaba cada día y lo soñaba cada corta noche. La muerte era moneda corriente en las cavilaciones que lo abatían. La doncella de negro lo arrullaba, era su compañera. La unanimidad del mediodía era insoportable, ya deseaba encontrarse con su destino fuera cual fuese, cara a cara, cuello y os, lamento y tranquilidad al fin.

Comenzó a correr, lo habían desarmado, si es que lo que poseía se podía llamar arma. Sus piernas estaban entumecidas, pero respondían al impulso del miedo. La agitación hacía que su pecho se hundiera y sobresaliera de su cuerpo de una manera sobrenatural, como si su alma quisiera escapar del cascarón vulnerable. Ya no tenía mas fuerzas, pero seguía corriendo. Las nubes anunciaban su muerte, la desesperación lo poseía y hacía que su espalda y cabeza sintieran el vértigo, los sonidos tras de el se acercaban, sonidos guturales que no entendía. Gritos de victoria en un idioma desconocido. De repente tropezó con una planta, una estúpida planta. Saboreó la tierra que le pertenecía, pero que no era suya. Se levantó rápidamente para enfrentar a su adversario, con el barro pintado en la cara. No iba a morir como un cobarde, iba a pelear como un guerrero hasta el fin. En su cara se dibujó una mueca de odio, coraje y fiereza al mismo tiempo. Se abalanzó contra su perseguidor y descargó un puñetazo que hizo que sintiera su mano por primera vez en varios días. Su opositor se vio sorprendido por la inesperada acción de su víctima, y por ende quedó mirando el caprichoso y encapotado cielo. Pero no tardó en levantarse y apuntar su arma al pecho del intruso, que con una esforzada patada desvió ésta para un costado y logró arrebatársela de las manos. Entonces a pesar del hambre, del frío, de la falta de fuerzas y de la injusticia, decidió luchar. Luchar como nunca antes lo había hecho, ya que nunca lo había hecho. Los golpes iban y venían como si estuvieran practicando una danza mortal y bestial. Los gritos del desdichado delataban su posición en la pelea, estaba cansado, herido, hambriento y enfermo. Al borde del delirio. Hasta que por fin, como respuesta a la súplica de sus ocultos deseos escuchó un disparo. Y sintió un calor en el pecho, un calor que no lo calificaba como dolor, sino como alivio.

Ahora otra vez se encontraba mirando el cielo encapotado, a estas alturas lo único que percibía era el cielo, y buscaba formas en las nubes. Ya casi faltaba poco. La muerte estaba cerca. Se dio cuenta que su cordura estaba perdida. Imaginaba caballos en el cielo. Caballos blancos y alados que giraban por encima suyo, dibujando círculos hipnóticos que lo adormecían más. Uno de ellos bajaba delicada y lentamente sobre el. Surcó el aire, experto, y se posó a su lado. Pero el caballo no estaba solo, sobre él se encontraba una hermosa mujer, con una melena rubia larga como ninguna otra, y en su frente una diadema antigua con sendas alas a los costados. La mujer además de su delicadeza femenina poseía porte guerrero y rudo, que se vio apagado por la tierna sonrisa que le dedicó al agonizante. La mujer de ensueño le regaló una mirada compasiva y a la vez de admiración, se inclinó hacia él, y le tendió la mano. Era su día de suerte, su último día. Las valkirias solo elegían a los más valientes.

El hombre que escribía sobre su piel



Habían pasado los años pero todavía quedaban espacios. Su piel curtida, amarillenta y encallecida en algunos lugares, era un papiro perfecto. La tinta era sangre, sangre negra como el cuervo, que utilizaba en confesiones de angustia interminable. Remojaba una de sus larguísimas y sucias uñas y comenzaba a marcarse la piel, cual tatuaje sellador de verdades.
La muerte rondaba muy cerca, y escribía. Las brumas espesas que lo protegían del sol divino, se dispersaban ahora, y escribía. Los falsos amores de su vida lo abandonaban, y el escribía. El quedaba estancado en un torbellino de tiempo, mirando un punto fijo. Y escribía lo que no quería ver… lo que no quería escuchar.
Cuando las nubes de tormenta dejaron de responder a su invocación tapo con trapos sus ojos. Pero la luz era demasiado intensa, traspasaba sus parpados como cortinas de papel. Desesperadamente clavo sus afiladas uñas en las cavidades y arranco de raíz, con un grito de inframundo, los malditos y engañadores ojos. La sangre brotaba como dos cascadas de los dos pozos ciegos que tenia en la cara. Más tinta para escribir.
El no lloraba, no padecía, no sufría, no hablaba, solo escribía sobre su piel.
Sus miedos eran cada vez más grandes, su soledad cada vez pasaba más tiempo a su lado, la desesperación, la ira, la decepción y la frustración se plasmaban en su vieja piel, donde quedaban pocos espacios ya.
Escribió sobre sus párpados, puertas hacia la nada.
Escribió sobre sus labios, cerrándolos para siempre con un candado sin llave.
Escribió sobre sus oídos, lastimándolos tanto y tan profundamente que se marchitaron, y no supieron nunca más como escuchar.
Escribió sobre sus manos, pies y cabeza, hasta llegar a sus órganos internos. Y después de tanto tiempo negando, su piel enfermo, sus pulmones se infectaron, su estómago se desgastó, su cerebro dejó de trabajar, y su corazón dejó de latir.
Su literatura cavó su tumba, su necedad le dio mas tinta, su estúpida desesperación le dio ideas fatales, y su patética escritura lo mató.
Su firma se demarcaba rústicamente en la lápida.

Cosmo entre las orejas



Y mis ríos se llenaron de lagrimas espesas.

Y el dolor se transformo en gratificante companía.

Y los árboles me negaron sus frutos.

Y de las espinas hice flores.

Y de los cuentos robe sueños.

Y mi alma suspiró.

Y mis cabellos crecieron.

Y mis padres rogaron.

Y el mundo se tiño de colores sin nombre.

Y en mi música encontre amor.

Y las agujas se incrustaron.

Y el metal se retorsió.

Y mis labios tocaron los tuyos.

Y los ojos de mi madre eran verdes.

Y me tajeaste la mejilla.

Y me lavé la cara.

Y el vacío empezaba por mi.

Y las rosas no eran de verdad.

Y siempre fui igual.

Y siempre fuiste como yo.

Y siempre cambiaremos de la misma manera... para vivir y morir.

Transición



Caí en las profundidades de lo inconscientemente posible, cerrando realidades. Caí mientras el roce excitaba mi piel, para luego adormecerla. En esos momentos el tiempo ya no era verosímil. Las banalidades se transformaban en lo que eran, dulces inexistencias. Profundidades de paz, de suspiros oceánicos. De miradas risueñas entre nubes de confusión. Lo mágico era real y los sueños me tomaban por sorpresa, sin saber que pasaba, pero deseando el infinito. Inconscientemente mi pulso hacía redobles cada vez más lentos, algo que solo los fármacos lograban. Posible era todo, pero no quería nada. Cerrando mis ojos, entendí la calma, escuche el silencio. Realidades pronto vendrían arruinando mi descanso.

Jugaba a ser




Sin darse cuenta, jugaba a vivir. Parecía que el viento lo tocaba, parecía tantas cosas. Sin darse cuenta se extendía infinito entre sonidos imaginarios. Esperaba no desear el trágico fin, pero no era posible, por lo menos para él. Había sido condenado a la eternidad. Representando la libertad, el movimiento y la vida, pero preso del plomo.
Sin darse cuenta, no se movía. Escupía vitalidad, escupía cambio y formas sin ley. Su destino había sido cumplido al nacer.
Cada infeliz en su importante mundo, tantos ojos sin ver. Tantas injusticias junto a ésta. Sostenido, y con la gracia propia de algo real, mira sin mirar con unos ojos grises oscuros tan fríos que saca el calor del cuerpo. Quedaba impregnado en simples e insulsos recuerdos, como actor de relleno. ¿Acaso no se daban cuenta de su anhelo? ¿Acaso los pájaros no se sentían agradecidos? ¿Acaso nadie podía ver su patética y esplendorosa imagen? Nadie lo hace, nadie percibe la pobre y triste belleza de un pato de plomo.
Sin darse cuenta, jugaba a vivir muerto. Tan muerto como los ojos de los demás.

Lágrimas negras



El agua de la noche es negra. Se enrosca en el cuerpo con un escalofrío, dibujando caminos de petróleo. Manantial de tormenta que surge de las pesadillas como caballos apocalípticos, cumpliendo funestos presagios. La naturaleza negra. El cavernoso lado del mundo.
Corceles del color del cuervo, con ojos de agua negra. Con intenciones de guerra. Con desgarrados gritos del inframundo. Con emanaciones de miedo que quiebran la cordura.
Con toda la fuerza alimentada de la ira, el encierro. Liberándose del Tártaro, del Infierno, o de la más pura rosa blanca. En el centro de la noche, convulsiona de la calma, el caos. El trágico final.
Lo que todos esperan con miedo, lo que todos estúpida y naturalmente esperan que llegue con ansias. El inevitable cierre de tijeras. La ruptura del empalago.
Lo que tiene reflejo nace de nuevo, pero con tinte oscuro. Cisnes de carbón. Palomas negras. El gran siervo blanco será de sombra.
Pegasos que viajan en la noche, camuflándose en secreto, sembrando terror. Ojos despiadados nos mirarán, de la misma manera que nos miraron siempre, pero esta vez, no nos dejarán dormir y seremos sufrimiento en el llanto.

Amelia y la lluvia



En un pequeñísimo pueblo llamado Villa Acultus, alejado de las civilizaciones, vivía Amelia. Amelia era una niña preciosa, de cabellos negros como ala de cuervo, ojos grandes y almendrados y poseía una sonrisa que hacía retorcer de envidia a las bacanales.

Pero Amelia pocas veces sonreía, solo los miércoles. Todos estos días asistía a los ensayos del coro del pueblo. Estaba conformado por diecinueve integrantes, los cuales entonaban cánticos esplendorosos que a Amelia hacían volar muy lejos en su mente.

Pero a pesar de esto, tampoco sonreía todos los miércoles. Amelia tenía una particularidad, un don que nadie sería capas de comprender. Amelia cantaba como los ángeles, su voz era delicada, magistral, cristalina y viva como pocas cosas en la vida lo son. Amelia con su voz convocaba a la lluvia. Por esta misma razón la hermosa niña nunca cantaba, se limitaba a sentarse en el auditorio en primera fila y escuchar a los demás. Y moría en deseos, como pájaro enjaulado, como gallo que se le ha sacado el alba, como tantas personas.

Al no poder contener más sus ganas de cantar, Amelia decide integrarse al coro. Como era tan pequeña algunos integrantes dejaron escapar alguna que otra carcajada, pero cuando el director escucho su voz, puso a Amelia sin rodeos en el grupo. Ese día la pequeña sonrió mucho, canto todas las canciones que ya sabía de memoria por el asistir todos los miércoles. Al terminar el ensayo y salir del auditorio, una llovizna empezó a mojar la cabeza de todos. Se retiró cada uno a su casa sin sospechar nada, y Amelia se quedó en la entrada. Mirando al cielo, extendiendo las manos, y llorando.

Era la noche del concierto, los padres de Amelia no estaban contentos con esto, no le veían el sentido a la música, pero muy a su pesar se encontraban sentados en el público. La noche lucía clara, una luna gigante iluminaba las calles de Villa Acultus y las estrellas se desperdigaron en el cielo como si un pintor celestial hubiera sido tocado por las musas. No se veía una nube en todo el infinito y profundo lienzo.

El coro hizo presencia en el escenario y todos callaron. Las voces pronto comenzaron a envolver a todos, haciendo sentir el vértigo de las alturas, la tristeza en lágrimas, el amor de leyenda y la ira divina. La armonía arrancó algunos suspiros, y sobrevoló el público como un viento invernal, haciendo que escalofríos acariciaran la nuca de muchos.

Así comenzó la noche del concierto, la música era apreciada pocas veces, y esa noche era una. En la mitad de la excitación, un trueno hizo estremecer a Amelia, borrandole su sonrisa del rostro, sacándole toda hermosura a su imagen. En sus ojos almendrados se agolparon de repente lágrimas, haciendo que éstos resalten de su cara como dos canicas brillantes.

Se acercaba el final del concierto, faltaba la última obra.

El director hace una pequeña reseña del origen de la obra y de que trata, pero casi nadie lo escucha, la lluvia torrencial de afuera repiqueteaba en el techo. Los truenos surcaban el cielo y se escuchaban como tambores de gigante. Cuando el director, algo frustrado, termina la inútil introducción, se gira a Amelia y le indica que se ubique con un gesto de la mano. Amelia con pasos tímidos se centra en el escenario quedando rodeada por el coro y comienza a cantar. Su voz parecía traída de otro lugar, de un lugar donde no existían las superficialidades, donde todo era esencia. Capturó a todos esa noche. Tuvo a todos en el borde del llanto. El solo de Amelia, después de un delicado y agudo suspiro, aumentó en volumen y un magnífico crescendo ahogó el estallido de los vidrios de la sala. El agua ingresaba en ella violenta, inundando el auditorio. Las personas comenzaron a gritar y rápidamente fueron a la salida para escapar. Pero el agua tapaba la entrada, en un parpadeo había cubierto dos metros del edificio y seguía entrando sin cesar por las ventanas.

A todo esto Amelia cerró los ojos, y siguió cantando. El coro se había desintegrado y todos corrían desesperadamente buscando un lugar por donde salir del condenado auditorio que iba a terminar bajo agua. Era todo aullidos de socorro y humedad. Pero Amelia siguió cantando, mientras por sus ojos filtraban lluvia también.

La niña cantó y cantó, como nunca lo hizo. Dejó de llorar y comenzó a sonreír, sintiendo el placer que siempre quiso sentir y se había prohibido.

Esa noche en Villa Acultus casi cien personas murieron ahogadas en el auditorio, incluida Amelia. Pero Amelia se fue de este mundo con la hermosura que le había sido concedida. Murió con una sonrisa en la cara, y cantando como los ángeles. Amelia fue la única persona de esas cien que murió feliz.

Escapar... ¿locura o sensatez?



Y se sentía desesperada... sin razones corría de su verdadero amor. ¿Serían los dioses? ¿Acaso ella tan pura, no podía ser amada? Eso no era lo que pasaba por su mente, no eran momentos de preguntas con sentido... solo estaba pensando en escapar. Las ramas de los árboles cortaron su piel, y el sudor le daba un sensual color a su cuerpo frágil... Siempre había sido la cazadora, esta vez era la presa.
Pero sus intentos de huir eran vanos... el estaba tras ella y no se cansaba. Luego de tantos resbalones y corridas frenéticas para alejarse del amor, se encontró con el río... en un último intento de querer salirse, la pobre criatura victima de flechas místicas e injustas, pidió ayuda... Entonces sus manos se colmaron de hojas, sus pies se hicieron raíces, sus hermosos cabellos ahora miraban al cielo transformados en ramas, y su piel, suave y tersa... ahora estaba recubierta de imperfecciones... A veces el no querer ser amado, hace que cometamos locuras... o sabias sensateces. Al llegar el... solo quedaba la hermosura. "¿Por que m
e has hecho esto? Si yo solo quería ofrecerte amor puro y verdadero"...

Podríamos imaginar la respuesta que susurraban las hojas al compás del viento...