sábado, julio 24, 2010

Amelia y la lluvia



En un pequeñísimo pueblo llamado Villa Acultus, alejado de las civilizaciones, vivía Amelia. Amelia era una niña preciosa, de cabellos negros como ala de cuervo, ojos grandes y almendrados y poseía una sonrisa que hacía retorcer de envidia a las bacanales.

Pero Amelia pocas veces sonreía, solo los miércoles. Todos estos días asistía a los ensayos del coro del pueblo. Estaba conformado por diecinueve integrantes, los cuales entonaban cánticos esplendorosos que a Amelia hacían volar muy lejos en su mente.

Pero a pesar de esto, tampoco sonreía todos los miércoles. Amelia tenía una particularidad, un don que nadie sería capas de comprender. Amelia cantaba como los ángeles, su voz era delicada, magistral, cristalina y viva como pocas cosas en la vida lo son. Amelia con su voz convocaba a la lluvia. Por esta misma razón la hermosa niña nunca cantaba, se limitaba a sentarse en el auditorio en primera fila y escuchar a los demás. Y moría en deseos, como pájaro enjaulado, como gallo que se le ha sacado el alba, como tantas personas.

Al no poder contener más sus ganas de cantar, Amelia decide integrarse al coro. Como era tan pequeña algunos integrantes dejaron escapar alguna que otra carcajada, pero cuando el director escucho su voz, puso a Amelia sin rodeos en el grupo. Ese día la pequeña sonrió mucho, canto todas las canciones que ya sabía de memoria por el asistir todos los miércoles. Al terminar el ensayo y salir del auditorio, una llovizna empezó a mojar la cabeza de todos. Se retiró cada uno a su casa sin sospechar nada, y Amelia se quedó en la entrada. Mirando al cielo, extendiendo las manos, y llorando.

Era la noche del concierto, los padres de Amelia no estaban contentos con esto, no le veían el sentido a la música, pero muy a su pesar se encontraban sentados en el público. La noche lucía clara, una luna gigante iluminaba las calles de Villa Acultus y las estrellas se desperdigaron en el cielo como si un pintor celestial hubiera sido tocado por las musas. No se veía una nube en todo el infinito y profundo lienzo.

El coro hizo presencia en el escenario y todos callaron. Las voces pronto comenzaron a envolver a todos, haciendo sentir el vértigo de las alturas, la tristeza en lágrimas, el amor de leyenda y la ira divina. La armonía arrancó algunos suspiros, y sobrevoló el público como un viento invernal, haciendo que escalofríos acariciaran la nuca de muchos.

Así comenzó la noche del concierto, la música era apreciada pocas veces, y esa noche era una. En la mitad de la excitación, un trueno hizo estremecer a Amelia, borrandole su sonrisa del rostro, sacándole toda hermosura a su imagen. En sus ojos almendrados se agolparon de repente lágrimas, haciendo que éstos resalten de su cara como dos canicas brillantes.

Se acercaba el final del concierto, faltaba la última obra.

El director hace una pequeña reseña del origen de la obra y de que trata, pero casi nadie lo escucha, la lluvia torrencial de afuera repiqueteaba en el techo. Los truenos surcaban el cielo y se escuchaban como tambores de gigante. Cuando el director, algo frustrado, termina la inútil introducción, se gira a Amelia y le indica que se ubique con un gesto de la mano. Amelia con pasos tímidos se centra en el escenario quedando rodeada por el coro y comienza a cantar. Su voz parecía traída de otro lugar, de un lugar donde no existían las superficialidades, donde todo era esencia. Capturó a todos esa noche. Tuvo a todos en el borde del llanto. El solo de Amelia, después de un delicado y agudo suspiro, aumentó en volumen y un magnífico crescendo ahogó el estallido de los vidrios de la sala. El agua ingresaba en ella violenta, inundando el auditorio. Las personas comenzaron a gritar y rápidamente fueron a la salida para escapar. Pero el agua tapaba la entrada, en un parpadeo había cubierto dos metros del edificio y seguía entrando sin cesar por las ventanas.

A todo esto Amelia cerró los ojos, y siguió cantando. El coro se había desintegrado y todos corrían desesperadamente buscando un lugar por donde salir del condenado auditorio que iba a terminar bajo agua. Era todo aullidos de socorro y humedad. Pero Amelia siguió cantando, mientras por sus ojos filtraban lluvia también.

La niña cantó y cantó, como nunca lo hizo. Dejó de llorar y comenzó a sonreír, sintiendo el placer que siempre quiso sentir y se había prohibido.

Esa noche en Villa Acultus casi cien personas murieron ahogadas en el auditorio, incluida Amelia. Pero Amelia se fue de este mundo con la hermosura que le había sido concedida. Murió con una sonrisa en la cara, y cantando como los ángeles. Amelia fue la única persona de esas cien que murió feliz.

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