El agua de la noche es negra. Se enrosca en el cuerpo con un escalofrío, dibujando caminos de petróleo. Manantial de tormenta que surge de las pesadillas como caballos apocalípticos, cumpliendo funestos presagios. La naturaleza negra. El cavernoso lado del mundo.
Corceles del color del cuervo, con ojos de agua negra. Con intenciones de guerra. Con desgarrados gritos del inframundo. Con emanaciones de miedo que quiebran la cordura.
Con toda la fuerza alimentada de la ira, el encierro. Liberándose del Tártaro, del Infierno, o de la más pura rosa blanca. En el centro de la noche, convulsiona de la calma, el caos. El trágico final.
Lo que todos esperan con miedo, lo que todos estúpida y naturalmente esperan que llegue con ansias. El inevitable cierre de tijeras. La ruptura del empalago.
Lo que tiene reflejo nace de nuevo, pero con tinte oscuro. Cisnes de carbón. Palomas negras. El gran siervo blanco será de sombra.
Pegasos que viajan en la noche, camuflándose en secreto, sembrando terror. Ojos despiadados nos mirarán, de la misma manera que nos miraron siempre, pero esta vez, no nos dejarán dormir y seremos sufrimiento en el llanto.


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