domingo, julio 25, 2010

Adríada



Las lágrimas cubrían sus ojos en ese día tan desgraciadamente gris. No caían en sus mejillas, sino que se limitaban a formar dos hermosos e infinitos espejos de agua clara en una cara tan pálida y bonita. Estaba sentada en la parte trasera del auto mirando los enfermos árboles agonizantes, a pesar de ser primavera. Una famosa plaga había germinado a principios de la estación en la ciudad, y había infectado a la mayoría de los árboles. Nunca sintió tal conexión con la naturaleza. Cada primavera se sentía muy feliz hasta terminar el verano. Pero ese año era diferente.
- Todo va a estar bien. Seguro es como todos los años y se recupera en un santiamén.- La voz de su madre aparentaba ser tranquila pero sus ojos grises estaban inquietos y sus delicadas manos sostenían el volante nerviosamente.- Todos los años es lo mismo con tu abuela. Nos hace asustar con esas repentinas decaídas pero luego esta mejor que yo.- Pero en su interior sabía muy bien que hoy era diferente y la niña, que era su hija, también.
No dijo nada. Se limitó a mirar otra vez por la ventanilla y sentir ese dolor que acudía a su ser con cada latido, con cada brisa que movía los árboles y los hacía estremecer. Su madre nunca fue un buen conductor. No le gustaba trasladarse en auto, sino que prefería caminar. Pero esa mañana su abuela la había llamado y le informó que no se encontraba muy bien y que quería hablar.
Sintió que el auto se detenía y rápidamente se desabrochó el cinturón para abrir la puerta y detenerse frente a la casa de su abuela. No pudo evitar mirar a la planta de moras que se encontraba en la vereda. Las ramas estaban totalmente marchitas, no quedaban vestigios de hojas, y su tronco se veía tan seco que juró haber sentido algo de sed. Su madre se bajó del auto con los nervios pintados en su apariencia, tomó a la niña de la mano y tocó el tronco de la planta con una mirada extraña. La pequeña sintió un leve cosquilleo en la mano, como si estuvieran conectadas y luego acompañó a su preocupada madre a la casa.
Al entrar a la casa invadió sus sentidos el aroma a moras que acompañaban a los recuerdos de su abuela. Subieron las escaleras y doblaron a la derecha, la habitación donde se encontraba recostada. Morera estaba demasiado iluminada y las ventanas dejaban entrar al sol en su plenitud. La imagen de la anciana era pálida, más de lo normal, y su cabello también blanco le daba un aspecto marchito. Hermoso, pero marchito.
- Hija, ven aquí, mí querida.- La voz de la anciana era débil y melodiosa. Una sonrisa surcó su cara y la imagen de ellas dos hizo que sus ojos relampaguearan de felicidad.- Y tú también, pequeña.- dijo dirigiéndose a la niña. Las dos se acercaron a la cama y se sentaron en derredor de la anciana.
- Hola mamá. ¿Qué pasa ahora? ¿Te sentís bien? - preguntó la hija, dulcemente.
- Me temo que no, por eso te llamé. Sino, no hubiera tocado ese condenado teléfono.
- Podrías ir un minuto afuera, ¿Querés?- dijo dirigiéndose a la niña.
La pobre criatura asintió y comenzó a bajarse de la cama cuando su abuela la retuvo con la mano. Miró a su nieta, como si fuera la primera vez, y dijo:
- No olvides que te quiero y que siempre voy a estar a tu lado.
- Si, abuela.- Susurro la niña con un nudo en la garganta.
Salió de la habitación tan veloz como le permitieron sus piernas y fue directamente hacia la vereda de la casa.
Todo su pequeño ser estaba saturado de emociones. Un raro éxtasis hacía que le temblaran las manos. Dirigió su mirada a la planta de moras y no vio más vida. La esencia, la magia del árbol había marchitado por completo, para dejar en su lugar un cuerpo inerte, sin vida. Los llantos de su madre provenientes de la casa despejaron su confusa mente. Pero no pudieron alejar un extraño sentimiento. La niña se dirigió al patio trasero como si algo la estaría llamando a gritos, gritos más fuertes que los de su madre.
Se encontró con un jardín hermoso, exuberante, lleno de flores de innumerables colores, una fuente de agua en el centro y plantas de todo tipo, con apariencia de paraíso y atmósfera de luto. Pero su atención no estaba en las flores, su atención estaba hechizada por un pequeño árbol en el fondo del jardín. Parecía un olmo. Pero lo que no daba crédito a sus ojos era que el pequeño árbol, no se encontraba allí diez segundos antes. Recién había salido del suelo. La niña había observado como el diminuto árbol mágicamente surgió del suelo, saliendo primero un diminuto tallo e insignificantes hojas, para desarrollarse a velocidad innatural. Hojas más grandes hicieron acto de presencia en ramas cada vez más altas. Y el olmo moviéndose a la gracia de la creación, se regocijó y sacudió hasta suspirar. Y junto con el, la niña sintió cada impulso en su cuerpo con mas intensidad. Sus cabellos sintieron la brisa, sus pies pertenecieron al suelo, sus manos detectaron la humedad del ambiente, sus ojos grises como los de su familia entera percibieron la luminosa vida, su alma reconoció las dotes recibidas y su existencia fue rescrita por los antiguos. Un olmo había nacido, una doncella del bosque volvía a nacer.

sábado, julio 24, 2010

Destinos de guerra




En el aire flotaba una niebla que lo cubría todo, hasta sus esperanzas. No, no era movilizado por la esperanza, sino por algo menos fuerte pero conveniente en ese momento. Sus pies estaban congelados, las precarias botas no servían de nada en ese clima tan diferente al que estaba acostumbrado. El frío y la desolación reinaban en las islas. Los ropajes que llevaba puestos cumplían la función de no dejarlo desnudo, nada mas. El hambre ya no venía a su mente, se había cansado de insistir hace un día aproximadamente, en ese pedazo de tierra olvidada hasta los días se volvían confusos. El cielo era gris, no esperaba otra cosa. No sentía sus manos ya hace horas y el despiadado y maldito viento le abofeteaba la cara cada vez que tenía la oportunidad. “Esta guerra ya va a terminar” se decía. Estaba seguro de ello. Lo que no sabía era como iba a terminar. No era que no había pensado en su posible destino, lo meditaba cada día y lo soñaba cada corta noche. La muerte era moneda corriente en las cavilaciones que lo abatían. La doncella de negro lo arrullaba, era su compañera. La unanimidad del mediodía era insoportable, ya deseaba encontrarse con su destino fuera cual fuese, cara a cara, cuello y os, lamento y tranquilidad al fin.

Comenzó a correr, lo habían desarmado, si es que lo que poseía se podía llamar arma. Sus piernas estaban entumecidas, pero respondían al impulso del miedo. La agitación hacía que su pecho se hundiera y sobresaliera de su cuerpo de una manera sobrenatural, como si su alma quisiera escapar del cascarón vulnerable. Ya no tenía mas fuerzas, pero seguía corriendo. Las nubes anunciaban su muerte, la desesperación lo poseía y hacía que su espalda y cabeza sintieran el vértigo, los sonidos tras de el se acercaban, sonidos guturales que no entendía. Gritos de victoria en un idioma desconocido. De repente tropezó con una planta, una estúpida planta. Saboreó la tierra que le pertenecía, pero que no era suya. Se levantó rápidamente para enfrentar a su adversario, con el barro pintado en la cara. No iba a morir como un cobarde, iba a pelear como un guerrero hasta el fin. En su cara se dibujó una mueca de odio, coraje y fiereza al mismo tiempo. Se abalanzó contra su perseguidor y descargó un puñetazo que hizo que sintiera su mano por primera vez en varios días. Su opositor se vio sorprendido por la inesperada acción de su víctima, y por ende quedó mirando el caprichoso y encapotado cielo. Pero no tardó en levantarse y apuntar su arma al pecho del intruso, que con una esforzada patada desvió ésta para un costado y logró arrebatársela de las manos. Entonces a pesar del hambre, del frío, de la falta de fuerzas y de la injusticia, decidió luchar. Luchar como nunca antes lo había hecho, ya que nunca lo había hecho. Los golpes iban y venían como si estuvieran practicando una danza mortal y bestial. Los gritos del desdichado delataban su posición en la pelea, estaba cansado, herido, hambriento y enfermo. Al borde del delirio. Hasta que por fin, como respuesta a la súplica de sus ocultos deseos escuchó un disparo. Y sintió un calor en el pecho, un calor que no lo calificaba como dolor, sino como alivio.

Ahora otra vez se encontraba mirando el cielo encapotado, a estas alturas lo único que percibía era el cielo, y buscaba formas en las nubes. Ya casi faltaba poco. La muerte estaba cerca. Se dio cuenta que su cordura estaba perdida. Imaginaba caballos en el cielo. Caballos blancos y alados que giraban por encima suyo, dibujando círculos hipnóticos que lo adormecían más. Uno de ellos bajaba delicada y lentamente sobre el. Surcó el aire, experto, y se posó a su lado. Pero el caballo no estaba solo, sobre él se encontraba una hermosa mujer, con una melena rubia larga como ninguna otra, y en su frente una diadema antigua con sendas alas a los costados. La mujer además de su delicadeza femenina poseía porte guerrero y rudo, que se vio apagado por la tierna sonrisa que le dedicó al agonizante. La mujer de ensueño le regaló una mirada compasiva y a la vez de admiración, se inclinó hacia él, y le tendió la mano. Era su día de suerte, su último día. Las valkirias solo elegían a los más valientes.

El hombre que escribía sobre su piel



Habían pasado los años pero todavía quedaban espacios. Su piel curtida, amarillenta y encallecida en algunos lugares, era un papiro perfecto. La tinta era sangre, sangre negra como el cuervo, que utilizaba en confesiones de angustia interminable. Remojaba una de sus larguísimas y sucias uñas y comenzaba a marcarse la piel, cual tatuaje sellador de verdades.
La muerte rondaba muy cerca, y escribía. Las brumas espesas que lo protegían del sol divino, se dispersaban ahora, y escribía. Los falsos amores de su vida lo abandonaban, y el escribía. El quedaba estancado en un torbellino de tiempo, mirando un punto fijo. Y escribía lo que no quería ver… lo que no quería escuchar.
Cuando las nubes de tormenta dejaron de responder a su invocación tapo con trapos sus ojos. Pero la luz era demasiado intensa, traspasaba sus parpados como cortinas de papel. Desesperadamente clavo sus afiladas uñas en las cavidades y arranco de raíz, con un grito de inframundo, los malditos y engañadores ojos. La sangre brotaba como dos cascadas de los dos pozos ciegos que tenia en la cara. Más tinta para escribir.
El no lloraba, no padecía, no sufría, no hablaba, solo escribía sobre su piel.
Sus miedos eran cada vez más grandes, su soledad cada vez pasaba más tiempo a su lado, la desesperación, la ira, la decepción y la frustración se plasmaban en su vieja piel, donde quedaban pocos espacios ya.
Escribió sobre sus párpados, puertas hacia la nada.
Escribió sobre sus labios, cerrándolos para siempre con un candado sin llave.
Escribió sobre sus oídos, lastimándolos tanto y tan profundamente que se marchitaron, y no supieron nunca más como escuchar.
Escribió sobre sus manos, pies y cabeza, hasta llegar a sus órganos internos. Y después de tanto tiempo negando, su piel enfermo, sus pulmones se infectaron, su estómago se desgastó, su cerebro dejó de trabajar, y su corazón dejó de latir.
Su literatura cavó su tumba, su necedad le dio mas tinta, su estúpida desesperación le dio ideas fatales, y su patética escritura lo mató.
Su firma se demarcaba rústicamente en la lápida.

Cosmo entre las orejas



Y mis ríos se llenaron de lagrimas espesas.

Y el dolor se transformo en gratificante companía.

Y los árboles me negaron sus frutos.

Y de las espinas hice flores.

Y de los cuentos robe sueños.

Y mi alma suspiró.

Y mis cabellos crecieron.

Y mis padres rogaron.

Y el mundo se tiño de colores sin nombre.

Y en mi música encontre amor.

Y las agujas se incrustaron.

Y el metal se retorsió.

Y mis labios tocaron los tuyos.

Y los ojos de mi madre eran verdes.

Y me tajeaste la mejilla.

Y me lavé la cara.

Y el vacío empezaba por mi.

Y las rosas no eran de verdad.

Y siempre fui igual.

Y siempre fuiste como yo.

Y siempre cambiaremos de la misma manera... para vivir y morir.

Transición



Caí en las profundidades de lo inconscientemente posible, cerrando realidades. Caí mientras el roce excitaba mi piel, para luego adormecerla. En esos momentos el tiempo ya no era verosímil. Las banalidades se transformaban en lo que eran, dulces inexistencias. Profundidades de paz, de suspiros oceánicos. De miradas risueñas entre nubes de confusión. Lo mágico era real y los sueños me tomaban por sorpresa, sin saber que pasaba, pero deseando el infinito. Inconscientemente mi pulso hacía redobles cada vez más lentos, algo que solo los fármacos lograban. Posible era todo, pero no quería nada. Cerrando mis ojos, entendí la calma, escuche el silencio. Realidades pronto vendrían arruinando mi descanso.

Jugaba a ser




Sin darse cuenta, jugaba a vivir. Parecía que el viento lo tocaba, parecía tantas cosas. Sin darse cuenta se extendía infinito entre sonidos imaginarios. Esperaba no desear el trágico fin, pero no era posible, por lo menos para él. Había sido condenado a la eternidad. Representando la libertad, el movimiento y la vida, pero preso del plomo.
Sin darse cuenta, no se movía. Escupía vitalidad, escupía cambio y formas sin ley. Su destino había sido cumplido al nacer.
Cada infeliz en su importante mundo, tantos ojos sin ver. Tantas injusticias junto a ésta. Sostenido, y con la gracia propia de algo real, mira sin mirar con unos ojos grises oscuros tan fríos que saca el calor del cuerpo. Quedaba impregnado en simples e insulsos recuerdos, como actor de relleno. ¿Acaso no se daban cuenta de su anhelo? ¿Acaso los pájaros no se sentían agradecidos? ¿Acaso nadie podía ver su patética y esplendorosa imagen? Nadie lo hace, nadie percibe la pobre y triste belleza de un pato de plomo.
Sin darse cuenta, jugaba a vivir muerto. Tan muerto como los ojos de los demás.

Lágrimas negras



El agua de la noche es negra. Se enrosca en el cuerpo con un escalofrío, dibujando caminos de petróleo. Manantial de tormenta que surge de las pesadillas como caballos apocalípticos, cumpliendo funestos presagios. La naturaleza negra. El cavernoso lado del mundo.
Corceles del color del cuervo, con ojos de agua negra. Con intenciones de guerra. Con desgarrados gritos del inframundo. Con emanaciones de miedo que quiebran la cordura.
Con toda la fuerza alimentada de la ira, el encierro. Liberándose del Tártaro, del Infierno, o de la más pura rosa blanca. En el centro de la noche, convulsiona de la calma, el caos. El trágico final.
Lo que todos esperan con miedo, lo que todos estúpida y naturalmente esperan que llegue con ansias. El inevitable cierre de tijeras. La ruptura del empalago.
Lo que tiene reflejo nace de nuevo, pero con tinte oscuro. Cisnes de carbón. Palomas negras. El gran siervo blanco será de sombra.
Pegasos que viajan en la noche, camuflándose en secreto, sembrando terror. Ojos despiadados nos mirarán, de la misma manera que nos miraron siempre, pero esta vez, no nos dejarán dormir y seremos sufrimiento en el llanto.

Amelia y la lluvia



En un pequeñísimo pueblo llamado Villa Acultus, alejado de las civilizaciones, vivía Amelia. Amelia era una niña preciosa, de cabellos negros como ala de cuervo, ojos grandes y almendrados y poseía una sonrisa que hacía retorcer de envidia a las bacanales.

Pero Amelia pocas veces sonreía, solo los miércoles. Todos estos días asistía a los ensayos del coro del pueblo. Estaba conformado por diecinueve integrantes, los cuales entonaban cánticos esplendorosos que a Amelia hacían volar muy lejos en su mente.

Pero a pesar de esto, tampoco sonreía todos los miércoles. Amelia tenía una particularidad, un don que nadie sería capas de comprender. Amelia cantaba como los ángeles, su voz era delicada, magistral, cristalina y viva como pocas cosas en la vida lo son. Amelia con su voz convocaba a la lluvia. Por esta misma razón la hermosa niña nunca cantaba, se limitaba a sentarse en el auditorio en primera fila y escuchar a los demás. Y moría en deseos, como pájaro enjaulado, como gallo que se le ha sacado el alba, como tantas personas.

Al no poder contener más sus ganas de cantar, Amelia decide integrarse al coro. Como era tan pequeña algunos integrantes dejaron escapar alguna que otra carcajada, pero cuando el director escucho su voz, puso a Amelia sin rodeos en el grupo. Ese día la pequeña sonrió mucho, canto todas las canciones que ya sabía de memoria por el asistir todos los miércoles. Al terminar el ensayo y salir del auditorio, una llovizna empezó a mojar la cabeza de todos. Se retiró cada uno a su casa sin sospechar nada, y Amelia se quedó en la entrada. Mirando al cielo, extendiendo las manos, y llorando.

Era la noche del concierto, los padres de Amelia no estaban contentos con esto, no le veían el sentido a la música, pero muy a su pesar se encontraban sentados en el público. La noche lucía clara, una luna gigante iluminaba las calles de Villa Acultus y las estrellas se desperdigaron en el cielo como si un pintor celestial hubiera sido tocado por las musas. No se veía una nube en todo el infinito y profundo lienzo.

El coro hizo presencia en el escenario y todos callaron. Las voces pronto comenzaron a envolver a todos, haciendo sentir el vértigo de las alturas, la tristeza en lágrimas, el amor de leyenda y la ira divina. La armonía arrancó algunos suspiros, y sobrevoló el público como un viento invernal, haciendo que escalofríos acariciaran la nuca de muchos.

Así comenzó la noche del concierto, la música era apreciada pocas veces, y esa noche era una. En la mitad de la excitación, un trueno hizo estremecer a Amelia, borrandole su sonrisa del rostro, sacándole toda hermosura a su imagen. En sus ojos almendrados se agolparon de repente lágrimas, haciendo que éstos resalten de su cara como dos canicas brillantes.

Se acercaba el final del concierto, faltaba la última obra.

El director hace una pequeña reseña del origen de la obra y de que trata, pero casi nadie lo escucha, la lluvia torrencial de afuera repiqueteaba en el techo. Los truenos surcaban el cielo y se escuchaban como tambores de gigante. Cuando el director, algo frustrado, termina la inútil introducción, se gira a Amelia y le indica que se ubique con un gesto de la mano. Amelia con pasos tímidos se centra en el escenario quedando rodeada por el coro y comienza a cantar. Su voz parecía traída de otro lugar, de un lugar donde no existían las superficialidades, donde todo era esencia. Capturó a todos esa noche. Tuvo a todos en el borde del llanto. El solo de Amelia, después de un delicado y agudo suspiro, aumentó en volumen y un magnífico crescendo ahogó el estallido de los vidrios de la sala. El agua ingresaba en ella violenta, inundando el auditorio. Las personas comenzaron a gritar y rápidamente fueron a la salida para escapar. Pero el agua tapaba la entrada, en un parpadeo había cubierto dos metros del edificio y seguía entrando sin cesar por las ventanas.

A todo esto Amelia cerró los ojos, y siguió cantando. El coro se había desintegrado y todos corrían desesperadamente buscando un lugar por donde salir del condenado auditorio que iba a terminar bajo agua. Era todo aullidos de socorro y humedad. Pero Amelia siguió cantando, mientras por sus ojos filtraban lluvia también.

La niña cantó y cantó, como nunca lo hizo. Dejó de llorar y comenzó a sonreír, sintiendo el placer que siempre quiso sentir y se había prohibido.

Esa noche en Villa Acultus casi cien personas murieron ahogadas en el auditorio, incluida Amelia. Pero Amelia se fue de este mundo con la hermosura que le había sido concedida. Murió con una sonrisa en la cara, y cantando como los ángeles. Amelia fue la única persona de esas cien que murió feliz.

Escapar... ¿locura o sensatez?



Y se sentía desesperada... sin razones corría de su verdadero amor. ¿Serían los dioses? ¿Acaso ella tan pura, no podía ser amada? Eso no era lo que pasaba por su mente, no eran momentos de preguntas con sentido... solo estaba pensando en escapar. Las ramas de los árboles cortaron su piel, y el sudor le daba un sensual color a su cuerpo frágil... Siempre había sido la cazadora, esta vez era la presa.
Pero sus intentos de huir eran vanos... el estaba tras ella y no se cansaba. Luego de tantos resbalones y corridas frenéticas para alejarse del amor, se encontró con el río... en un último intento de querer salirse, la pobre criatura victima de flechas místicas e injustas, pidió ayuda... Entonces sus manos se colmaron de hojas, sus pies se hicieron raíces, sus hermosos cabellos ahora miraban al cielo transformados en ramas, y su piel, suave y tersa... ahora estaba recubierta de imperfecciones... A veces el no querer ser amado, hace que cometamos locuras... o sabias sensateces. Al llegar el... solo quedaba la hermosura. "¿Por que m
e has hecho esto? Si yo solo quería ofrecerte amor puro y verdadero"...

Podríamos imaginar la respuesta que susurraban las hojas al compás del viento...