jueves, agosto 12, 2010

Esquizofrenia



Estos son los momentos en los cuales la gente sabe de mis pérdidas sin conocer mi nombre.
Estos son los momentos en los cuales escucho gritos paralizantes desde el baño.
Estos son los momentos en los cuales las bestias me tiran al mar.
Estos son los momentos en los cuales ser ciclotímico es un sueño gratificante.
Estos son los momentos en los cuales mas me parezco a mi madre.
Estos son los momentos en los cuales mi mente juega a dar una vuelta por la realidad.
Estos son los momentos en los cuales ya no siento tus caricias.
Estos son los momentos en los cuales es mejor acurrucarse y no hablar.
Estos son los momentos en los cuales veo la cotidianeidad con ojos verdes.
Estos son los momentos en los cuales la religión solo te salva a vos.
En estos momentos ni ese lugar maravilloso me salva de las raíces escabrosas y de las lágrimas calientes.

domingo, agosto 01, 2010

Hijo de Neptuno



Entonces comprendió que los hombres no regresarían. En el medio del infierno flotando, lloraba. Lloraba como si tuviera hambre, como si pidieran que lo alzaran o que lo cambiasen. No lograba entender que nada volvería a ser lo mismo. Pronto dejaría el aire. La tripulación corría frenéticamente sin rumbo aparente. Los gritos eran necesarios en el viento, pero pronto dejaría el aire. Los truenos hablaban mal de sus padres y las tormentosas nubes negras amenazaban con secuestrarlo. Pero pronto estaría de espaldas al cielo.
El piso de madera se movía cada vez más fuerte, haciendo una burla de su placer por sentirse mecido en la cuna. Pero pronto no tendría cuna. El mar lo mecería eternamente.
Después de varios golpes todo se volvió frío y nebuloso. Un extraño sueño se apoderó de su mente y dejó el mundo real por esa noche. Los gritos cesaron al instante.
Al despertar, no divisó aromas, no respiraba. Simplemente miraba las profundidades, con el torso doblado en el agua y el sol tras él. La piel blanca en contraste con el agua celeste. El pelo flotando y sus manos jugando. Una sonrisa apareció y él respondió de la misma manera. Nada lo hacía más feliz que su verdadero hogar.

Mar de sonrisas.


En un mar de sonrisas burlonas, descaradas, y sin sentido. Me miraban ignorando mis lágrimas. Hijas de la diosa de la crueldad, disfrutaban de mi desesperado tormento.
Piruetas impecables me rodeaban. Colores de llamativos absurdos parodiaban mi aura. Se cruzaban en mi camino impidiéndome avanzar. Se reían otra vez de mi, todos juntos, en esa danza cirquera y oscura.
Solo ellos se vislumbraban en el escenario. Sus trajes ajustados funcionaban como segunda piel, de un blanco cadavérico. El maquillaje no existía, ellos no eran personas, ni personajes. El rol no era fingir. El canto de sus corrompidas almas era melodioso y golpeaba mi voluntad con descaro. Me escupían su regocijo. No eran graciosos. La cabellera roja era fuego en mi mente. Sus juegos infantiles eran mi ruleta rusa.
Sin comprender el acto, buscaba el porqué. Estimulaba mis manos para poder seguir, pero la escarcha del circo era fría. Los gritos colectivos de siempre que guardaba consigo la gran jaula de lona, retumbaban ahora en mis oídos. Era el único que lloraba. Era el único que veía la tristeza en las formas divertidas. Era el único que sufría en ese mar de sonrisas.

Submarino



Desde hacía mucho tiempo soñaba con estar ahí. Escuchar el silencio del mundo marino, respirar el escaso y quieto aire de su gavina, la denominada sala de control, y poder sentir las inmensas masas de agua salada sobre él con cada parte de su sensible piel. El cosquilleo efecto de los nervios le agradaba. Era el comandante de la flota de submarinos y se sentía muy feliz por ello, a pesar de estar en plena guerra.
Ese verano había prometido a su esposa que volvería. “Son solo rutinas de práctica” aseguró con mirada tierna y un beso cálido. Pero le era fácil mentir. Sabía muy bien que se estaban adentrando en terreno enemigo, y que muy pronto sus órdenes serían obedecidas por todos al pie de la letra. Eso lo ponía mas contento aún. Su carácter era rígido y sanguinario, su mirada hosca y ceñuda, y su mente escéptica y cerrada. Sus profundos ojos negros lo supervisaban todo. No se le escapaba ningún detalle. Más de una vez provocaba la desesperación de marinos de menor rango, y hasta de mayor también.
Observó todos los indicadores e innumerables relojes con vacilantes agujas, luego poso su cabeza en el periscopio y vigiló cada ángulo posible para asegurarse de que estaba todo en orden y de que los radares no fallaran, para terminar con su atención dirigida al subcomandante. Este último desbordaba en concentración. Sus labios fruncidos y su mirada preocupada detonaron otra oleada de cosquilleos por parte del comandante.
- ¿Se encuentra todo en orden? – la voz del comandante era fría, nadie arruinaría ese día.
- Si, comandante. Es que… - sus ojos no se desviaban del tablero donde se encontraba el radar y su voz vacilaba - Es que… Véalo usted mismo.- se limitó a decir con una mirada marcada por la extrañes y un gesto con los hombros.
- ¡Imbécil! ¿Es que no puedes hacer nada solo?- El comandante camino con paso seguro hasta el tablero donde estaba el radar. Era un enorme círculo oscuro, con una especie de aguja brillante de color verde que giraba rápidamente, como un reloj sin números y sin las agujas de las horas y los minutos. Pero además de esta verdosa aguja se veían pequeños puntos, por todo el negro radar. Eran como luciérnagas que giraban, volaban en espirales y zigzagueaban en la pantalla cada vez que esta aguja fosforescente los pasaba por arriba.
- ¿Serán tiburones?- La voz del comandante ya no era imperativa. Un dejo de curiosidad –y alivio ya que no representaba ninguna amenaza- dejaba apreciar el tono.
- Son muy rápidos para serlo, podrían ser delfines, pero no es el comportamiento típico de ellos. Estas criaturas están como locas.- dijo esto último con desesperación.
- Tranquilo.- ya los insultos no formaban parte de su intimidante vocabulario- Esperemos a ver que diablos son. No creo que nos compliquen la operación…
Pero el comandante no había terminado de completar la frase cuando un rayo de luz dorado lo cegó y a su compañero. Un estruendo demasiado fuerte sacudió al submarino y se oyó como el casco de éste se desgarraba en un aullido metálico. El comandante cayó al suelo y su acompañante, que se encontraba sentado, se sostuvo del tablero a duras penas para luego mirar otra vez al radar con la locura y el miedo aprovechándose de su transparencia.
- ¡Se acercan! ¡Seguro son esas cosas! Al menos si supiera que son podría lanzarle los torpedos. Pero no se si surtirían efecto. Son demasiado rápidos.- El subcomandante había llegado a su límite. No se caracterizaba por llevar la calma. Sus ojos se abrían y cerraban a la velocidad de los hechos y sus pensamientos parecían chocarse entre sí en una carrera veloz.
- Deja de gritar como una mujer que le han sacado a su hijo. No es tiempo de lloriqueos.- Después de levantarse del piso se limitó a quedarse parado. No sabía que hacer. Se notaba en sus ojos.- Comunícate con torreta y con la sala de máquinas. Evalúa los daños.
- Es imposible, no funciona nada en absoluto. Solo el radar.- sus manos se movían para todos lados intentando hacer funcionar todos los relojes e interruptores que ahora se encontraban apagados.
El comandante se volvió a la puerta que separaba a la sala de control con la sala de torpedos. Puso sus manos sobre la manivela de la puerta e intentó girarla, pero por más que se esforzaba sus intentos eran vanos.
-¿Es posible que se haya trabado? ¡Mierda!- y golpeó a la puerta con su pie, provocando un profundo gong que resonó en todas las cámaras del submarino.
De repente otra sacudida acompañada de un estruendo más fuerte que el anterior arrancó gritos del desesperado subcomandante. Ya los excesivos cosquilleos que recorrían su espalda no eran agradables. Todo se volvió opresivo. Su cuerpo no resistía la presión de las inmensas masas de agua. Se sentía atrapado. No tenía salida. Iba a morir ahogado.
Unos ruidos extraños comenzaron a sonar por todos lados. Como si el submarino estuviera vivo y se contorsionara por alguna molestia. El subcomandante no gritaba más. Parecía desmayado en su asiento, pero no prestaba atención a eso. Se dirigió con los nervios brotándole en la piel al periscopio y poso su mirada con temor a lo que podría descubrir. Su imaginación no le jugaba una buena pasada y llenaba su cabeza de naves enemigas rodeando las suyas.
Después de espiar por el visor, su mente quedó en letargo, incapaz de comprender las imágenes de lo profundo. Un azul verdoso intenso rodeaba su universo submarino y extrañas personas nadaban en derredor de la nave. Sus cabellos color leche ondeaban en el agua como peligrosas medusas en una danza sin fin. Sus ojos negros y redondos como platos los miraban a él como si supieran que los estaba observando. Sus cuerpos tornasolados y majestuosos se movían con la gracia de un pez, y sus colas irisadas y verdosas brillaban en la retina de sus ojos.

De piedra



No era un lugar al cual la mayoría de los jóvenes concurriesen. Por esa misma razón él estaba ahí. Era un amante de la decoración greca, sobre todo las estatuas. Esa imagen de calma que transmitían guerreros, dioses y criaturas, aunque fuesen guerreros temidos, dioses vengativos y criaturas de lo más escalofriantes. Después de todo eran mármol. Frías representaciones de hermosas historias. Deseaba con todo el corazón algún día pudiera revivirlas, con un poco de suerte ellas contarían mejores historias que los libros.
Pero no se encontraba en un museo, no era que no le gustasen, sino que su estatua favorita no estaba allí. Un parque muy importante de su ciudad estaba esplendorosamente decorado con un monumento de estatuas oscuras que revivían los valientes héroes mitológicos. Fornidos y con expresiones vacías se encontraban en un montículo de piedra de considerables dimensiones. Los avatares de piedra se disponían de tal forma rodeando una calma fuente de agua, por sobre unos veinte metros desde el piso. Mirando sin ojos, pero con tanta vida que el muchacho podía confundirlos con sumo placer por amigos. Las tardes escuchando el suave estrépito del agua, las risas y ladridos producían un efecto adormecedor en sus nervios.
Periódicamente se llevaba algún que otro libro para leer o estudiaba. Esa tarde estaba por mero placer. Observaba fijamente cada detalle de las estatuas, cada una de ellas tenía algo terriblemente único que los identificaba, claro está para quien conocía su historia.
Una mimaba a una paloma en su mano, con toda la sensualidad que se consideraba tendría que poseer la diosa de la sexualidad femenina; otra sostenía contra sus pies un escudo y posaba sobre su hombro una lechuza, con mirada serena; uno sostenía un rayo en mano, con actitud amenazadora y justiciera; otro con un tridente en pose dinámica y con olas en vez de piernas; uno con casco siniestro y ojos de resentimiento. Pero había dos más. Dos que no correspondían al círculo. Híbridos valientes que gracias a sus proezas habían quedado en los relatos más famosos. Eran Héroes. Cabeza de León y Talón Frágil. Ambos eran musculosos, vestidos de batalla y marcados por contrincantes. Ellos eran sus favoritos, por ende siempre que descansaba allí, sentado entre esas dos estatuas. Esa tarde el ocaso era de cuento. Los dorados y los liláceos volaban como polvo en viento, pintando magníficamente todo lo que veía. El sol, como una ascua a punto de apagarse, miraba de soslayo el mundo, para muy pronto volverse a encontrar. Era el adiós perfecto. Observando la maravilla que se le ofrecía, se dejó llevar por la calma. Como todos a veces hacemos. Escuchando sonidos oceánicos fue perdiendo la conciencia lentamente. Y se entregó al sueño.

Despertó cuando la sombra se personificaba para acariciar espaldas por diversión. El frío le entumeció los dedos. Ya era de noche, nadie lo había despertado. Obviamente que no. Sintió miedo, el ambiente tenía un tinte hostil. Los negros, los azules oscuros hacían de todo algo escabroso. El hermoso lugar donde disfrutaba pasar el tiempo ya no era el mismo… Las estatuas no fueron desprovistas de esa vida que tanto admiraba. En realidad ese era el problema. Las estatuas parecían vivas. La estática de roca era objeto de burla. Se levantó rápidamente del suelo, recogió sus cosas y alejó a los fantasmas. El agua de la fuente era gélida, sin los destellos del sol, no era muy agradable a la vista. Se detuvo un momento para verlos. Inmutables en su postura no respondieron a sus ojos. Pero el del casco parecía sonreír, con una malicia que le hizo temblar los huesos. Se despidió con un escalofrío en la nuca, y los pasos un poco apresurados. Había soñado que caía empujado por unas manos terriblemente fuertes.

Después de unos días, los cuales consistieron en recordar que las estatuas no sonríen, decidió volver. Era de tontos asustarse de esa manera. Más para un chico de su edad. Ese día estaba hermoso, la gente había aprovechado y se encontraban jugando, enamorando, comiendo y gritando. El sol estaba radiante como siempre, prometiendo un ocaso como los anteriores, o mejor. El cielo presagiaba sin pensar, con nubes en jirones de algodón como una mano celestial que intentaba advertir. Pero parecían solo maquinaciones de gitanos. Sentado en la fuente leía, y a veces dirigía la mirada disimuladamente para los lados. Los anteojos eran escudos para el. No lo protegían de nada, pero a él le gustaba imaginarse que sí. La cortina de pelos cubría su estudioso escrutinio para que nunca lo descubriesen. Era un estúpido cobarde. La vida pasaba frente a él, y se limitaba a leer vidas pasadas, vivir vidas pasadas. Su mente llena de fantasías patéticas era su refugio ante la cruel realidad. Era cierto que no sabía relacionarse con personas, pero tampoco quería aprender. Solo estaba mejor que acompañado. Los libros eran mejores compañía que los humanos. Ni hablar de las estat… Y ahí recordó la sonrisa helada de la otra noche. Ese escepticismo, tan pequeño en él, en algún lugar de ese circo que tenía por conciencia, se revolcó dando sonoras carcajadas. Tan sonoras que salieron por su boca. Las estatuas no sonríen, se dijo, riéndose de si mismo, y pensando que también la imaginación era un arma de doble filo. Puedes imaginar caballos blancos y mansos, pero también serpientes negras y ponzoñosas.
El atardecer entraba en escena, los gritos se sofocaban, como en muestra de respeto y de admiración. Los dorados y los liláceos lo seguían, obsesionados por tocar todo el escenario. Se colocó entre los héroes, apoyando la espalda en uno, mirando el espectáculo. Después de unos cuantos minutos, la pesadumbre se apoderaba de su cuerpo. Resistirse a esa paz del sueño era imposible, con la calidez del sol en la cara, el aire dulce rozando sus cabellos. Comenzó a ver nubosidades, confusiones, como cruzando esa línea tan familiar. Hasta que todo se hizo irónicamente claro. No se había movido de su posición, seguía mirando el poniente con los párpados pesados. ¿Se había dormido por unos minutos? El silencio vibraba en el aire, o los sonidos estaban contenidos en burbujas a punto de estallar, no lograba distinguir. La gente que veía abajo se movía lentamente, como bajo el agua. La brisa era mas dulce ahora, los dorados mas intensos y todo se sentía como una cucharada de miel. Las estatuas eran solo eso, estatuas.
Hasta que el sol finalmente se escondió. Los colores agradables y cálidos desaparecieron, siguiendo al sol a otros mundos. Ahora la noche presenciaba lo que quedaba del día, con ojos expectantes. No había estrellas, solo una escalofriante luna que iluminaba donde se encontraba de una manera extraña. Bañando a las estatuas y a la fuente de unos destellos blancuzcos. De pronto el parque desapareció ante él. Todo lo que se encontraba abajo quedó en nubes negras. Solo estaba él en ese único lugar, observando el agua de la fuente, la cual no parecía tener sonido, y las estatuas observándolo a él. La locura parecía emerger de a poco como la marea alta, amenazando con contaminar lo poco de conciencia que creía tener. Era miedo lo que lo punzaba en todos los rincones del cuerpo. Pero era ese tipo de miedo que te hace gritar por dentro, sin poder moverte. Ese tipo de miedo que no parece ser interno, sino que ataca por la espalda y te deja como en un callejón sin salida. Por lo menos el callejón sería más agradable que esto, pensó. Y eso fue lo único que pudo pensar, porque para su desgracia, las estatuas lo miraban y sonreían. Ella había alejado a la paloma de su cara, y penetraba con su mirada seductora. Otra lo observaba con una mueca de compasión, que no pretendía defenderlo exactamente. Uno lo reducía a mísero mortal con sus ojos, y lo amenazaba con su rayo. Otro con la ira chisporroteándole en la cara podía ahogarlo en un mar de sufrimiento. El del casco lo disfrutaba, era el que ya no estaba en su lugar. Era sorprendente ver como se movía la roca de la cual estaba hecha. Los pies lentamente se acercaron a él. Los brazos se levantaron hacia él intentando alcanzarlo. Empezó a retroceder impulsado por una milagrosa fuerza. En ese momento no recordaba nada, había leído que las personas antes de morir veían en forma de cortometraje todos los momentos de su vida. ¿Era mentira o es que no había vivido lo suficientemente intenso como para recordar algo? Solo quería desaparecer, donde esa demoníaca estatua no podía verlo siquiera. Se dio la vuelta, con todo el valor acumulado que no había usado todos estos años. Miró el borde, el linde del círculo de estatuas, hacia la oscuridad. Hacia las profundidades a donde quería ser arrojado. Se paró en ese horrible precipicio, con las lágrimas frías surcándole la cara. Y esas manos lo empujaron.

Abrió los ojos con un sobresalto y se dio cuenta que colgaba en el medio de la noche. Respiró como si hubiera salido del fondo de una pileta. El vértigo hacía que su piel se volviera hipersensible al aire. Pero la desesperación dejo lugar a un pensamiento: ¿dónde se encontraba? Frente a el había roca. No había caído, se mantenía flotando apenas a unos centímetros del borde. Pero, ¿cómo? Entonces se dio cuenta que su campera estaba estirada. Seguramente se había dormido, y la pesadilla lo sobresalto de tal manera que lo hizo caer, y se enganchó por suerte con el abrigo.
Dejó largar un suspiro de alivio y logró por un momento sacarse de encima el miedo. Lentamente comenzó a elevarse, sostenido por héroes. Incrédulo, sin saber lo que sucedía, no se movía y seguía elevándose. Unas manos de piedra lo sostenían de su abrigo y lo llevaban nuevamente hacia donde había sido empujado. Tocó con sus manos el helado piso y se puso de pié, algo que creía no volvería a hacer. Y ahí estaban, ellos, sus favoritos, mirándolo con una sonrisa de piedra. No sabía si sentirse agradecido, sorprendido o asustado. Esbozó una sonrisa, respondiendo a la estatua. Cabeza de León lo tomo rodeándolo con sus brazos por la espalda. Lo trajo hacia sí y le dio un abrazo. El abrió los ojos tan grandes y a la vez tan chicos comparados con su sorpresa. Luego lo miró con esos ojos inexpresivos, le tomó la mandíbula con la gélida mano, y los fuertes dedos se hundieron en su cara, rompiéndosela.