domingo, agosto 01, 2010

Submarino



Desde hacía mucho tiempo soñaba con estar ahí. Escuchar el silencio del mundo marino, respirar el escaso y quieto aire de su gavina, la denominada sala de control, y poder sentir las inmensas masas de agua salada sobre él con cada parte de su sensible piel. El cosquilleo efecto de los nervios le agradaba. Era el comandante de la flota de submarinos y se sentía muy feliz por ello, a pesar de estar en plena guerra.
Ese verano había prometido a su esposa que volvería. “Son solo rutinas de práctica” aseguró con mirada tierna y un beso cálido. Pero le era fácil mentir. Sabía muy bien que se estaban adentrando en terreno enemigo, y que muy pronto sus órdenes serían obedecidas por todos al pie de la letra. Eso lo ponía mas contento aún. Su carácter era rígido y sanguinario, su mirada hosca y ceñuda, y su mente escéptica y cerrada. Sus profundos ojos negros lo supervisaban todo. No se le escapaba ningún detalle. Más de una vez provocaba la desesperación de marinos de menor rango, y hasta de mayor también.
Observó todos los indicadores e innumerables relojes con vacilantes agujas, luego poso su cabeza en el periscopio y vigiló cada ángulo posible para asegurarse de que estaba todo en orden y de que los radares no fallaran, para terminar con su atención dirigida al subcomandante. Este último desbordaba en concentración. Sus labios fruncidos y su mirada preocupada detonaron otra oleada de cosquilleos por parte del comandante.
- ¿Se encuentra todo en orden? – la voz del comandante era fría, nadie arruinaría ese día.
- Si, comandante. Es que… - sus ojos no se desviaban del tablero donde se encontraba el radar y su voz vacilaba - Es que… Véalo usted mismo.- se limitó a decir con una mirada marcada por la extrañes y un gesto con los hombros.
- ¡Imbécil! ¿Es que no puedes hacer nada solo?- El comandante camino con paso seguro hasta el tablero donde estaba el radar. Era un enorme círculo oscuro, con una especie de aguja brillante de color verde que giraba rápidamente, como un reloj sin números y sin las agujas de las horas y los minutos. Pero además de esta verdosa aguja se veían pequeños puntos, por todo el negro radar. Eran como luciérnagas que giraban, volaban en espirales y zigzagueaban en la pantalla cada vez que esta aguja fosforescente los pasaba por arriba.
- ¿Serán tiburones?- La voz del comandante ya no era imperativa. Un dejo de curiosidad –y alivio ya que no representaba ninguna amenaza- dejaba apreciar el tono.
- Son muy rápidos para serlo, podrían ser delfines, pero no es el comportamiento típico de ellos. Estas criaturas están como locas.- dijo esto último con desesperación.
- Tranquilo.- ya los insultos no formaban parte de su intimidante vocabulario- Esperemos a ver que diablos son. No creo que nos compliquen la operación…
Pero el comandante no había terminado de completar la frase cuando un rayo de luz dorado lo cegó y a su compañero. Un estruendo demasiado fuerte sacudió al submarino y se oyó como el casco de éste se desgarraba en un aullido metálico. El comandante cayó al suelo y su acompañante, que se encontraba sentado, se sostuvo del tablero a duras penas para luego mirar otra vez al radar con la locura y el miedo aprovechándose de su transparencia.
- ¡Se acercan! ¡Seguro son esas cosas! Al menos si supiera que son podría lanzarle los torpedos. Pero no se si surtirían efecto. Son demasiado rápidos.- El subcomandante había llegado a su límite. No se caracterizaba por llevar la calma. Sus ojos se abrían y cerraban a la velocidad de los hechos y sus pensamientos parecían chocarse entre sí en una carrera veloz.
- Deja de gritar como una mujer que le han sacado a su hijo. No es tiempo de lloriqueos.- Después de levantarse del piso se limitó a quedarse parado. No sabía que hacer. Se notaba en sus ojos.- Comunícate con torreta y con la sala de máquinas. Evalúa los daños.
- Es imposible, no funciona nada en absoluto. Solo el radar.- sus manos se movían para todos lados intentando hacer funcionar todos los relojes e interruptores que ahora se encontraban apagados.
El comandante se volvió a la puerta que separaba a la sala de control con la sala de torpedos. Puso sus manos sobre la manivela de la puerta e intentó girarla, pero por más que se esforzaba sus intentos eran vanos.
-¿Es posible que se haya trabado? ¡Mierda!- y golpeó a la puerta con su pie, provocando un profundo gong que resonó en todas las cámaras del submarino.
De repente otra sacudida acompañada de un estruendo más fuerte que el anterior arrancó gritos del desesperado subcomandante. Ya los excesivos cosquilleos que recorrían su espalda no eran agradables. Todo se volvió opresivo. Su cuerpo no resistía la presión de las inmensas masas de agua. Se sentía atrapado. No tenía salida. Iba a morir ahogado.
Unos ruidos extraños comenzaron a sonar por todos lados. Como si el submarino estuviera vivo y se contorsionara por alguna molestia. El subcomandante no gritaba más. Parecía desmayado en su asiento, pero no prestaba atención a eso. Se dirigió con los nervios brotándole en la piel al periscopio y poso su mirada con temor a lo que podría descubrir. Su imaginación no le jugaba una buena pasada y llenaba su cabeza de naves enemigas rodeando las suyas.
Después de espiar por el visor, su mente quedó en letargo, incapaz de comprender las imágenes de lo profundo. Un azul verdoso intenso rodeaba su universo submarino y extrañas personas nadaban en derredor de la nave. Sus cabellos color leche ondeaban en el agua como peligrosas medusas en una danza sin fin. Sus ojos negros y redondos como platos los miraban a él como si supieran que los estaba observando. Sus cuerpos tornasolados y majestuosos se movían con la gracia de un pez, y sus colas irisadas y verdosas brillaban en la retina de sus ojos.

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