
Sin darse cuenta, jugaba a vivir. Parecía que el viento lo tocaba, parecía tantas cosas. Sin darse cuenta se extendía infinito entre sonidos imaginarios. Esperaba no desear el trágico fin, pero no era posible, por lo menos para él. Había sido condenado a la eternidad. Representando la libertad, el movimiento y la vida, pero preso del plomo.
Sin darse cuenta, no se movía. Escupía vitalidad, escupía cambio y formas sin ley. Su destino había sido cumplido al nacer.
Cada infeliz en su importante mundo, tantos ojos sin ver. Tantas injusticias junto a ésta. Sostenido, y con la gracia propia de algo real, mira sin mirar con unos ojos grises oscuros tan fríos que saca el calor del cuerpo. Quedaba impregnado en simples e insulsos recuerdos, como actor de relleno. ¿Acaso no se daban cuenta de su anhelo? ¿Acaso los pájaros no se sentían agradecidos? ¿Acaso nadie podía ver su patética y esplendorosa imagen? Nadie lo hace, nadie percibe la pobre y triste belleza de un pato de plomo.
Sin darse cuenta, jugaba a vivir muerto. Tan muerto como los ojos de los demás.


Patitoo!
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