sábado, julio 24, 2010

Destinos de guerra




En el aire flotaba una niebla que lo cubría todo, hasta sus esperanzas. No, no era movilizado por la esperanza, sino por algo menos fuerte pero conveniente en ese momento. Sus pies estaban congelados, las precarias botas no servían de nada en ese clima tan diferente al que estaba acostumbrado. El frío y la desolación reinaban en las islas. Los ropajes que llevaba puestos cumplían la función de no dejarlo desnudo, nada mas. El hambre ya no venía a su mente, se había cansado de insistir hace un día aproximadamente, en ese pedazo de tierra olvidada hasta los días se volvían confusos. El cielo era gris, no esperaba otra cosa. No sentía sus manos ya hace horas y el despiadado y maldito viento le abofeteaba la cara cada vez que tenía la oportunidad. “Esta guerra ya va a terminar” se decía. Estaba seguro de ello. Lo que no sabía era como iba a terminar. No era que no había pensado en su posible destino, lo meditaba cada día y lo soñaba cada corta noche. La muerte era moneda corriente en las cavilaciones que lo abatían. La doncella de negro lo arrullaba, era su compañera. La unanimidad del mediodía era insoportable, ya deseaba encontrarse con su destino fuera cual fuese, cara a cara, cuello y os, lamento y tranquilidad al fin.

Comenzó a correr, lo habían desarmado, si es que lo que poseía se podía llamar arma. Sus piernas estaban entumecidas, pero respondían al impulso del miedo. La agitación hacía que su pecho se hundiera y sobresaliera de su cuerpo de una manera sobrenatural, como si su alma quisiera escapar del cascarón vulnerable. Ya no tenía mas fuerzas, pero seguía corriendo. Las nubes anunciaban su muerte, la desesperación lo poseía y hacía que su espalda y cabeza sintieran el vértigo, los sonidos tras de el se acercaban, sonidos guturales que no entendía. Gritos de victoria en un idioma desconocido. De repente tropezó con una planta, una estúpida planta. Saboreó la tierra que le pertenecía, pero que no era suya. Se levantó rápidamente para enfrentar a su adversario, con el barro pintado en la cara. No iba a morir como un cobarde, iba a pelear como un guerrero hasta el fin. En su cara se dibujó una mueca de odio, coraje y fiereza al mismo tiempo. Se abalanzó contra su perseguidor y descargó un puñetazo que hizo que sintiera su mano por primera vez en varios días. Su opositor se vio sorprendido por la inesperada acción de su víctima, y por ende quedó mirando el caprichoso y encapotado cielo. Pero no tardó en levantarse y apuntar su arma al pecho del intruso, que con una esforzada patada desvió ésta para un costado y logró arrebatársela de las manos. Entonces a pesar del hambre, del frío, de la falta de fuerzas y de la injusticia, decidió luchar. Luchar como nunca antes lo había hecho, ya que nunca lo había hecho. Los golpes iban y venían como si estuvieran practicando una danza mortal y bestial. Los gritos del desdichado delataban su posición en la pelea, estaba cansado, herido, hambriento y enfermo. Al borde del delirio. Hasta que por fin, como respuesta a la súplica de sus ocultos deseos escuchó un disparo. Y sintió un calor en el pecho, un calor que no lo calificaba como dolor, sino como alivio.

Ahora otra vez se encontraba mirando el cielo encapotado, a estas alturas lo único que percibía era el cielo, y buscaba formas en las nubes. Ya casi faltaba poco. La muerte estaba cerca. Se dio cuenta que su cordura estaba perdida. Imaginaba caballos en el cielo. Caballos blancos y alados que giraban por encima suyo, dibujando círculos hipnóticos que lo adormecían más. Uno de ellos bajaba delicada y lentamente sobre el. Surcó el aire, experto, y se posó a su lado. Pero el caballo no estaba solo, sobre él se encontraba una hermosa mujer, con una melena rubia larga como ninguna otra, y en su frente una diadema antigua con sendas alas a los costados. La mujer además de su delicadeza femenina poseía porte guerrero y rudo, que se vio apagado por la tierna sonrisa que le dedicó al agonizante. La mujer de ensueño le regaló una mirada compasiva y a la vez de admiración, se inclinó hacia él, y le tendió la mano. Era su día de suerte, su último día. Las valkirias solo elegían a los más valientes.

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